En ¡Basta Ya!
Nikita y Maleni, políticos en campaña

Santiago González
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Nikita Khruschev era un hombre original. En el viaje que hizo a Estados Unidos en septiembre de 1960, aprovechó su visita a la ONU para aplaudir de manera no convencional: se quitó uno de sus zapatos y golpeó repetida y entusiásticamente con él en el pupitre. En aquellos mismos días mantuvo una reunión con un grupo de periodistas, a los que explicó: “Los políticos son siempre lo mismo. Prometen construir un puente aunque no haya río”.
La ocurrencia podría tener un pasar si no fuese por la alteridad en que inevitablemente incurren los servidores de las dictaduras al hablar de los políticos (de los países democráticos): ellos no se consideran miembros de ese club. Franco, que era un especialista, y además gallego, no perdía ocasión: “haga como yo, amigo mío, no se meta en política” le decía a uno de sus visitantes. Bueno, a decir verdad, él lo practicaba con mucha largueza y no sólo para definir a los políticos de oficio. Contaba Díaz Plaja que en una visita a Oviedo, ciudad natal de su mujer, en los primeros años cuarenta, asistieron ambos a una cena con que les agasajaron los notables de la ciudad. En un momento dado, Carmen Polo preguntó por un profesor al que conoció de jovencita y se hizo un ominoso silencio en la mesa. Lo rompió Franco, al decir con su voz atiplada: “creo que a ese lo fusilaron los nacionales”.
El premier soviético no concebía que hubiera otras funciones para un puente que vadear el río. Por ejemplo, la moda. En una de las aventuras de Asterix, el jefe galo de la aldea de Serum, Prorromanix, decide construir un acueducto. “Pero jefe”., le replica uno de sus súbditos, “no necesitamos un acueducto. El río atraviesa nuestra aldea y…” “¡Pues desviaremos el río!¡Un acueducto hace romano!”, sentencia irremisiblemente el jefe. Algo así pasa con nuestros políticos locales cuyos mandatos vamos a refrendar en este mes. O no. ¿Se han fijado en que no hay ciudad española que no cuente con un magnífico palacio de Congresos? Tampoco hay capital de provincia y aun me atrevería a decir cabeza de partido que no tenga su propio festival de cine. Un alcalde genial puso hace años un certamen cinematográfico en Peñíscola, ciudad en la que no había cine el resto del año.
La definición de Khrushev podría parecer un rasgo de ingenio cuando en realidad se trataba de una descripción naïf. A un político cuya continuidad en su cargo no depende de la voluntad de los ciudadanos expresada en papeletas de voto, una promesa que no se va a cumplir o cuyo cumplimiento fuera un acto absurdo, se le antoja una estupidez. No son lo mismo nos políticos que otros. Entre los profesionales que ejercen su oficio en democracia hay que distinguir entre los de monte y los de granja, los seis mil euristas orgánicos o de partido y
los seis mil euristas con cargo institucional. Los segundos no están forzosamente mejor formados intelectual o académicamente que los primeros o ‘pepiños’, pero tienen que atravesar dos pruebas: hacerse en primer lugar con la confianza de los primeros, que son los que hacen las listas y competir después con los candidatos de otros partidos.
Tal vez resida aquí la explicación de la inquina que se puede advertir en algunos de estos partidos hacia un sistema educativo que tienda a la excelencia. Quizá se trate de una desconfianza del subconsciente que les lleva a impedir que de las futuras generaciones de universitarios salgan profesionales de fuste que puedan disputarles ventajosamente el cargo en un futuro.
La cuestión no está en la necesidad de la obra, sino en su inauguración. Nuestros pueblos y ciudades son un hervor permanente de obras públicas durante el mandato municipal. Todas ellas van rematándose puntualmente en los tres meses anteriores a las elecciones locales, a punto para que el titular pueda hacerse la foto de campaña. Bueno, todas menos las de Bilbao, porque como Azkuna ya sabe que va a repetir se permite planificar más a largo plazo.
¿Cómo no entender
el desasosiego de Jaume Matas, que después de gastarse 100 millones de euros en un palacio de la Ópera, no se lo dejan inaugurar por entender la Junta Electoral que el acto vulneraría las normas electorales? Es verdad que el dinero no era suyo y así siempre duele menos, pero es de suponer que le haría ilusión. El animal político está dotado por la naturaleza de un instinto inaugurador que transgrede convenciones. La actividad preferida de un político es inaugurar puentes, no ya aunque no haya río, sino aunque no haya puente. O aunque no haya tenido arte ni parte en su construcción. Ahí está la ministra de Fomento, que no ha gastado un solo euro de sus presupuestos en Madrid por ser tierra de gentiles y se ha propuesto inaugurar la línea del metro hasta la T-4. Como la obra en sí ha sido competencia de la Comunidad de Madrid y no parecía fácil despachar el asunto a codazos con Esperanza Aguirre (no parece doña Espe de las que se dejen),
Magdalena Alvarez decidió inaugurarlo por su cuenta, 24 horas antes que la presidenta de la Comunidad. ¿Y para qué tanto afán, se preguntarán ustedes, si todavía queda casi un año para las generales? Pues para eso se llevó a los candidatos Simancas y Sebastián, que se la juegan, probablemente para perder, a finales de este mes.
Pie de foto.- Maleni, en compañía de Sebastián, Simancas y otros figurantes, durante su inauguración virtual del metro en la T-4
Zapatero ha aprovechado el último Consejo de Ministros y Ministras para transmitir a Barcelona, un regalo al candidato Hereu, la propiedad sobre el Castillo de Montjuic,
un regalo que ya había hecho Franco a la ciudad mediante ley el 21 de julio de 1960. ¿Puede un decreto, aunque sea de un Gobierno progresista, derogar una norma de rango superior como una ley, aunque ésta sea franquista? Otro efecto colateral de la memoria histórica.
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Negacionismo, probidad e insulto

Hermann Tertsch
EN muchas escuelas del Reino Unido ha sido discretamente abolido el estudio del Holocausto en la asignatura de historia a causa de las presiones de alumnos musulmanes que consideran una ofensa perder el tiempo hablando de unas víctimas judías que, por lo demás, niegan hayan existido. A los jovencitos islámicos les molesta un hecho histórico y sus profesores, conscientes de lo irritables que son, deciden abolirlo en aras de la paz. No hay noticias de que los alumnos no musulmanes exigieran a los profesores la restauración de la integridad del relato histórico del siglo XX. El resultado de ello, que no escandalizará a quienes ya todo consideran integrable en la sopa garbancera de la armonía universal, será que las nuevas generaciones de británicos ignorarán la existencia de Auschwitz y de sus millones de muertos, uno de los pequeños detalles que definen la abominable naturaleza del enemigo del Reino Unido en la última guerra y por ello también la grandeza de su propia resistencia y victoria militar. Pronto también en el Reino Unido serán muchos los que crean que fue aquella una guerra clásica con enemigos moralmente equiparables con objetivos similares.
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