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04 diciembre, 2010



Novia a la fuga


No hay título en este mundo que hayan tenido tantas mujeres como el de Novia de América desde que algún periodista con recursos se lo encasquetó a Mary Pickford. La sucedieron actrices del cine mudo y del sonoro, starlettes, modelos y hasta un dibujo animado: Jean Harlow, Betty Boop, Libertad Lamarque, Pamela Anderson, Cindy Crawford, Sandra Bullock y nuestra heroína de hoy, Julia Roberts. Hay que decir a favor de esta última que, de todas sus competidoras, es la que con más ahínco se ha trabajado el título.

Ninguna actriz de Hollywood, desde Grace Kelly, había perseverado tanto en el compromiso entre el arte y la vida; nadie había puesto tanto empeño en llevarse trabajo a casa con su partenaire cinematográfico. En su primera película, Satisfaction, se lió con Liam Neeson; en la segunda, no, porque la otra protagonista era mujer; en la tercera, el galán era su hermano Eric; en la cuarta, Magnolias de acero, con Dylan McDermott y así sucesivamente. Sus biógrafos explican que a los tres años sufrió el divorcio de sus padres y que en esos casos ya se sabe.

Al llegar a la sexta, Línea mortal, se enamoró de Kiefer Sutherland con el que iba a casarse el 14 de junio de 1991. Tres días antes, la representante de la actriz llamó al novio para decirle que de lo dicho nada, sin darle una explicación personal, qué menos. Al parecer, la causa es que un mes antes, una amante de Sutherland llamada Amanda Rice explicó al periódico National Enquirer su relación detallada con el entonces novio de Julia. La tercera en discordia (por poner un número) contó que Julia Roberts era una insegura, fría como un pez en la cama y descontenta con su propio cuerpo.

Más pelos y señales de lo tolerable, incluso en un corral de cuernos como Hollywood, así que la estrella pasó la noche de bodas en casa de Jason Patrick, un amigo de Sutherland con quien se fue de viaje de novios a Irlanda al día siguiente. La cosa no duró mucho y fue seguida por un noviazgo con Daniel Day Lewis y otro con Lyle Lovett, con quien coincidió en El juego de Hollywood. Éste terminó en boda en junio de 1993, aunque fue breve: apenas 21 meses.

Tras sendas relaciones con Matthew Perry, Pat Manocchia y Benjamin Bratt, con quien estuvo a punto de firmar por segunda vez, conoció a Danny Moder, un ayudante de cámara (no confundir con valet de chambre) durante el rodaje de La mexicana. Se casaron el día de la fiesta nacional de los Estados Unidos, el 4 de julio de 2002 y ya llevan cinco años felizmente casados para admiración de propios y extraños. Un año más tarde la dejó embarazada de gemelos, una parejita, y este mismo verano tenía a su tercer hijo, un niño que pesó al nacer 3,800 kilos. Mano de santo. Ha sido un broche de oro para una novia, si no de América, sí de una parte importante de ella. La novia fugitiva ha sentado la cabeza. De todas las actrices consideradas la Novia de América, Roberts ha sido la que con más ahínco ha trabajado el título.

A los 3 años sufrió el divorcio de sus padres y, en esos casos, ya se sabe.

27 noviembre, 2010



La amante del amor


Fue en 1960, durante el rodaje de Esplendor en la yerba, que fue a reunir a la pareja más promiscua de la década. Kazan supo interpretar el brillo de sus ojos: «Sabía que tenía apetitos no satisfechos». Nadie lo habría dicho de aquella muchacha tan menuda y joven (medía 1,55 y tenía sólo 21 años), aunque para entonces llevaba tres años casada con Robert Wagner (y con su psiquiatra), y había tenido algunos amantes notables: Dennis Hopper, Elvis Presley, Robert Vaughn, Raymond Burr y Nicholas Ray, entre otros. Con Warren Beatty le pasó lo que a casi todas, que su rapidez lo hacía inaprensible: cuando ella acabó los trámites de su divorcio en 1962, él ya estaba liado con Julie Christie.

Ella inició una serie de relaciones y compromisos matrimoniales de caducidad no superior a los seis meses: Steve McQueen, Arthur Loew, Ladislav Vlatnik, Stuart Whitman, Tom Courtenay y Frank Sinatra. Sus depresiones se alivian cuando conoce en 1967 a Richard Gregson, con quien se casa dos años más tarde. En 1970 tiene una hija y todo parece encarrilarse cuando descubre que su marido le ha sido infiel, lo que la lleva nuevamente al paro de búsqueda y a la dependencia de su psiquiatra. Después de una relación breve con un político, se reencuentra con Robert Wagner, que ha conseguido triunfar en la televisión gracias a la serie Ladrón sin destino.

Vuelven a casarse, tienen una hija y se compran un barco de 20 metros de eslora, al que bautizan como «Splendor»; él tiene otro éxito televisivo con Hart to Hart y Natalie interpreta a finales de los 70 Bob y Carol y Ted y Alice. En 1981, mientras acababa el rodaje de Brainstorm invitó al protagonista, Chistopher Walken, a pasar en su casa el día de Acción de Gracias. Tras la fiesta se embarcan en el «Splendor» y se dirigen a Isla Catalina, a 20 millas de Los Angeles. Wagner, que conocía el paño y no estaba dispuesto a volver a pasar por otro trance como el anterior, les cita a los dos a cenar. Los tres bebieron mucho y empezaron a discutir. Aquella noche, ya en el barco, Natalie se retiró a su camarote mientras los dos hombres seguían bebiendo y voceando. Unas horas más tarde, el servicio de Guardacostas recupera el cadáver de Natalie Wood de las aguas del Pacífico.

Nunca se supo qué ocurrió. A su entierro acudió todo Hollywood y su viudo lloró profusamente. Ni él ni Christopher Walken han hablado nunca de aquella noche, salvo a la Policía, que cerró el caso por falta de evidencias. Tenía 43 años y dejaba tras de sí una vida que parecía inspirada en la película de Kazan. Su desorden mental, la presencia metafórica y premonitoria del agua —sexo, peligro y muerte—, estaban ya en su personaje, Deanie Loomis, y en la soberbia historia de Esplendor en la yerba.

20 noviembre, 2010



Una mujer desamada


El amor en los tiempos modernos debe la mitad de su esencia al psicoanálisis. Las mujeres se enamoran de los hombres inconvenientes y viceversa, pero desde la vulgarización de la obra de Freud, hace ya unas décadas, en vez de achacarle el fallo al ojo clínico, las chicas tienen un padre que las ignoraba y los chicos una madre que quería a otros.

Jane Fonda estuvo casada entre 1965 y 1971 con Roger Vadim, a quien conoció en Juegos de amor a la francesa en 1964. Él era un seductor con un palmarés notable, pero cuando Jane y él pasaron su primera noche juntos, el encuentro se saldó sin resultados prácticos.

Dios le da pan a quien no tiene dientes. Muchos años más tarde, ella escribió que su primer marido era muy aficionado al ménage à trois y que en ocasiones completaba el número con prostitutas que ella misma se encargaba de contratar.

No puede decirse que el comportamiento de Vadim fuese tolerable salvo para una chica a quien papá no quería, pero no puede negársele cierta racionalidad, por ver si entre dos eran capaces de levantar lo que no podía una sola. A ella, por otra parte, estas experiencias le hicieron polvo la autoestima, pero fue un interesante trabajo de campo para su impresionante interpretación en Klute, película de Pakula en la que da cuerpo a Bree Daniels, una puta, modalidad call girl, que es perseguida por un psicópata. Aquel papel le hizo ganar su primer Oscar, váyase lo uno por lo otro.

Mayo del 68 floreció con fuerza en su corazón de niña desamada y recién consagrada como símbolo sexual internacional por Barbarella. Empezó a tomar partido por todas las causas nobles que el filo de los años 70 configuraban el hondón sentimental del progresismo norteamericano: el feminismo, la lucha de los indios, la denuncia de la guerra del Vietnam hicieron nacer a una nueva Jane que empezó a dejar de ser compatible con un tipo como Vadim.

El 8 de julio de 1972 viajó a Hanoi, donde se fotografió en la carlinga de un avión de combate norvietnamita, dio una rueda de prensa junto a prisioneros norteamericanos coaccionados para hacer de figurantes y envió mensajes durante una semana a través de Radio Hanoi invitando a los soldados estadounidenses a la deserción: «Soy Jane Fonda y os hablo desde Hanoi», decía ritualmente al comienzo de sus charlas. Salió con bien de aquello porque la Administración Nixon estuvo muy liada con el caso Watergate que terminó con el impeachment del presidente en agosto de 1974.

Luego todo se pasa. Se divorció de Tom Hayden, el marido que acompañó su etapa más progresista, se casó con Ted Turner, el magnate de la CNN, por el que abandonó el cine. Se hizo más rica todavía con sus gimnasios y vídeos para estar guapa a los 60 y más allá. La historia con papá también terminó bien. Cuando ella se acercaba a la cincuentena, padre e hija se dijeron por primera vez «te quiero». Fue En el estanque dorado, testamento cinematográfico y afectivo de Henry Fonda.


13 noviembre, 2010



Una mujer letal


Era rubia, casi transparente y frágil como si estuviera hecha de vidrio. A los 18 años años, Jean Seberg era una estudiante de la Universidad de Ohio, seleccionada por Otto Preminger para protagonizar su Juana de Arco. Al año siguiente volvió a llamarla para hacer Bonjour tristesse. Con 20 años ya se había convertido en la heroína de la nouvelle vague, gracias a su papel de Patricia Franchini en Al final de la escapada.

Fue el comienzo fulgurante de una carrera que no se pudo sostener, aunque entre papeles secundarios de películas sin interés alcanzó a protagonizar Lilith, de Robert Rossen junto a Warren Beatty, excuso decirles más a este respecto, y alguna película de éxito, como La Leyenda de la Ciudad Sin Nombre en cuyo rodaje se enamoró de Clint Eastwood.

Fue en aquellos años cuando el FBI empezó a relacionarla con los Panteras Negras. Era el apoteosis del Black Power; los atletas Tommie Smith y John Carlos, medallas de oro y bronce en México 68, habían subido al podio con el puño cerrado en guante negro; la izquierda europea tenía como iconos a Angela Davis y los hermanos de Soledad. Su carrera cayó en picado, al tiempo que aumentaba su inestabilidad emocional y su dependencia del alcohol y los estupefacientes. Se corrió la especie de que estaba embarazada de un dirigente de los panteras negras. El niño, que ella había deseado mucho, nació muerto y Jean Seberg lo llevó a enterrar dentro de un ataúd de cristal para que todos sus paisanos pudieran ver el color de su piel. Nunca se recuperó. Cada año, al llegar el aniversario de la pérdida de su hijo, lo conmemoraba con un intento de suicidio.

Estuvo casada con el escritor Romain Gary, entre otros. Su camino hacia la locura fue jalonada por un sinfín de amantes, en alguno de los cuales dejó profunda huella. Carlos Fuentes relató su historia con la actriz en la novela Diana o la cazadora solitaria. Fue en París durante sus últimos años cuando conoció a Ricardo Franco, uno de los más interesantes directores del cine español, malogrado autor de películas tan estimables como Pascual Duarte, La buena estrella o Lágrimas negras, su último e inacabado trabajo, en el que daba cuenta de su relación imposible con una mujer cuya cabeza no estaba en este mundo.

Después de su primera noche juntos, el joven director llamó a su primo, el escritor madrileño Javier Marías, para contarle lo que ni él mismo terminaba de creerse. La relación estaba condenada al fracaso, pero dejó huella en él, como en casi todos los hombres de su vida.

Ella siguió intentando el suicidio hasta que a la octava fue la vencida. La encontraron el 7 de diciembre de 1979 tapada con un poncho dentro de su coche, una semana después de su muerte, producida por ingesta masiva de barbitúricos. Un año justo más tarde se suicidó Romain Gary, su marido más perseverante.

06 noviembre, 2010



El ama de casa y el camionero


Ella era una yegua de Evanston (Ohio) pasada por el Ladies' Home Journal, escribió Maruja Torres hace algunos años con afortunada greguería para definir a Doris Day. Tuvo cuatro maridos más bien breves, excepto el tercero, Marty Melcher, con quien estuvo casada 17 años hasta que él murió en 1968. Ella, simple y enamorada, descubrió con desagrado que el difunto había dilapidado toda su fortuna en aventuras improbables. Doris demandó al socio del difunto por estafa y consiguió recuperar 20 millones de dólares. No debemos ser muy negativos en el juicio a Melcher. Su propia viuda, el cine y millones de espectadores le debemos gratitud eterna por haber aconsejado a Doris Day que rechazara el papel de Mrs. Robinson en El graduado, que, afortunadamente, fue encargado a otra. Sólo la gran Anne Bancroft era capaz de quitarse así las medias.

Roy Harold Scherer era un camionero que trabajaba para los estudios de Hollywood, donde un tipo se dio cuenta de que aquel físico prometía. Le puso un nombre inspirado en la roca de Gibraltar y un apellido tomado de uno de los dos ríos que circundan Manhattan, pero los comienzos en el cine de Rock Hudson no fueron muy prometedores. Debutó con Raoul Walsh en Escuadrón del valor, y el director dijo que no quería volver a ver a aquel marmolillo después de haberle hecho repetir 37 veces la única frase que el actor tenía en la película: «Hace falta una pizarra grande». No es mucho si lo comparamos con las veces que Marilyn intentó decir «¿Dónde está el bourbon?» en Con faldas y a lo loco sin acertar con la frase hasta el 65º ensayo. Claro que la Monroe era para entonces una estrella o quizá Billy Wilder tenía mucha más paciencia que Walsh.

Lo suyo era la comedia amable. «Pareces muy blando para ser una roca», le dijo un día Humphrey Bogart, criterio en el que coincidía su incondicional Doris Day: «Yo le llamaba Ernie, porque realmente no era Rock».

Bastaron tres comedias para fijarlos como pareja en el imaginario popular: Confidencias a medianoche, Pijama para dos y No me mandes flores. Se dejó casar por guardar las apariencias con su secretaria Phyllis Gates, que aguantó el paripé durante tres años. Fue toda una estrella durante dos décadas. Al terminar su época dorada en Hollywood, siguió agarrado al éxito con la serie televisiva McMillan y esposa, junto a Susan Saint James.

No salió del armario hasta 1984, cuando le fue diagnosticado el virus del sida. Su último amante, Mark Christian, lo llevó a los tribunales por no haberle advertido y le sacó 5 millones de dólares. También se querelló Linda Evans por haberla besado en la serie Dinastía, aunque retiró la demanda cuando supo que no había contraído la enfermedad. Murió en noviembre de 1985, casi sin otra compañía que la de su vieja amiga Doris Day.

30 octubre, 2010



El príncipe y la corista


El título, que podría haber servido para la historia entre Rainiero de Mónaco y Grace Kelly, también cuadra a la relación que mantuvo Marilyn Monroe con John Fitzgerald Kennedy, si bien como metáfora. El presidente y la actriz fue un remake republicano de la historia del príncipe y la corista en el corazón rubio, demócrata y enamoradizo de Marilyn Monroe. La Casa Blanca interpretaba el papel de Camelot; ella, el de Lancelot du Lac y Jackie Kennedy, el del sufrido rey Arturo. El presidente era el infiel Ginebro.

John Kennedy era joven, guapo, rico, simpático, sentimental y presidente de Estados Unidos, lo que cualquier mujer entendería como un hombre carismático. No puede decirse que su lío con Marilyn fuera la excepción a una conducta marital irreprochable, lo que debería ser contemplado con indulgencia, si no con admiración, por parte de una esposa; la infidelidad fue más bien la norma. Por eso, aquel 19 de mayo de 1962, en que Marilyn le cantó el Happy birthday en el Madison Square Garden, con publicidad y alevosía, debió de ser una gota de más y Jacqueline mandó parar. Peter Lawford, cuñado presidencial, volvió a hacer el papel de mensajero: él los había presentado en su casa y él dio el finiquito a Marilyn como amante en nombre de la familia. Tal vez fuera esa la razón de que, apenas transcurrido el alivio de luto, menos de cinco años después del magnicidio de Dallas, Jackie, la viuda de América, se casara con Aristóteles Onassis.

Kennedy fue un presidente mediocre: tuvo relaciones inadecuadas con la Mafia, promocionó desastres como la invasión de Bahía de Cochinos y estuvo a punto de desencadenar la Tercera Guerra Mundial. Todo en menos de tres años. Claro que algunas de estas decisiones las tomó mientras se citaba con el mito sexual del siglo XX en el hotel Carlyle de Nueva York o en moteles de Malibú. Le pasaría a cualquiera.

Como Camelot era una sociedad de clan familiar, a Marilyn aún le dio tiempo, antes de atiborrarse de Nembutal, de pasar como un descarte de alcoba al segundo nivel de los Kennedy, el secretario de Justicia, Robert Francis. Cómo no entender al personaje de Ted, el tercero de los hermanos, que lloraba inconsolable en uno de los muñecos de Spittin Image: «Me dicen que no llore, pero ¿qué haría usted si fuera el único de sus hermanos que no se ha tirado a Marilyn Monroe?».

La historia de amor entre el icono sexual del siglo XX y el presidente norteamericano más sobrevalorado de la historia se repetiría vagamente treinta años después. Otro presidente demócrata, William Jefferson Clinton, dio mucho qué hablar por cuestiones de entrepierna. Ahora, comparen ustedes a Mónica Lewinsky con Marilyn Monroe y comprenderán cuánta razón tenía Carlos Marx al dictaminar la repetición de la historia: la primera vez como tragedia; la segunda como farsa.

23 octubre, 2010



La gran danesa


No es de extrañar que Sylvester Stallone se pensara con calma la idea de casarse por tercera vez cuando se enamoró de una joven modelo llamada Jennifer Flavin. Unos años antes, en diciembre de 1984, estaba nuestro héroe con la resaca de su primer divorcio, tras once años de matrimonio y dos hijos con Sasha Czech. Un trance así siempre deja una propensión a la melancolía que aumenta en proporción directa al dineral que fija el juez como indemnización compensatoria para la otra parte contratante.

En éstas estaba Stallone un día de invierno de 1984, cuando una modelo danesa de 21 años le envió una foto suya desnuda, con una nota en la que se ofrecía para hacerle compañía y quitarle el muermo cualquier tarde. Él, que era un hombre de acción, pidió de la misma un taxi y se presentó en el apartamento de la chica.

Se llamaba Brigitte Nielsen y la experiencia debió de ser satisfactoria porque unos meses más tarde era su mujer y se había hecho con el papel protagonista de Rocky IV, película en la que el actor también asumió la dirección. Con un éxito relativo, todo hay que decirlo. Stallone es un habitual en los premios Razzie, la otra cara de los Oscar, los premios de la hez y la caspa de las producciones cinematográficas. Él ha ganado cuatro veces el Razzie al peor actor, una de ellas por Rocky IV en 1985, año en el que también se llevó el trofeo al peor director y el filme fue distinguido como la peor película.

Stallone podría ser considerado el Victor Mature de nuestro tiempo; Brigitte Nielsen no tiene precedentes. Con una estatura de 1,85, era de por sí espectacular, pero se propuso serlo más aún y se sometió a una operación de aumento de pecho para dotarse de unas tetas sólo aptas para el surrealismo o un casting de Russ Meyer. Los 19 meses de matrimonio fueron un suplicio para Sylvester Stallone. Fue un vendaval para las cuentas corrientes de su marido y un auténtico tornado para su autoestima, al humillar al supermacho mediante una relación lésbica con su secretaria.

El divorcio supuso otro pellizco en el patrimonio del actor. Salió desnuda en un reality show de la televisión alemana, accedió a ejercer de dama de compañía de un jeque árabe durante 12 horas mediante una contraprestación económica de un millón de dólares, se casó cuatro veces más; la última en 2005 con Mattia Dessi, 15 años más joven y 23 centímetros más bajo que ella. En rigor, habría que decir la penúltima, porque debieron repetirla al no haber conseguido el novio el divorcio de su anterior mujer. En la misma época fue ingresada en un centro de desintoxicación y participó en la edición británica de Gran Hermano en compañía de su exsuegra, la madre de Stallone.

El más famoso de sus ex maridos será un pensador de base, como diría Javier de Bengoechea, pero fue de una precisión extrema al evaluar aquel matrimonio: «Me casó un juez. Debería haber pedido un jurado».

16 octubre, 2010

Liz Taylor y Monty Clift

Había nacido en Omaha (Nebraska), que era también la localidad natal de Marlon Brando. En 1952, los dos paisanos fueron nominados para el Oscar por sus trabajos en Un tranvía llamado Deseo y Un lugar en el sol. Clift le llevaba una nominación de ventaja al haber obtenido tres años antes su primera nominación por Los ángeles perdidos, de Fred Zinnemann, pero Brando tenía aquella camiseta. Omaha fue en los años 50 la denominación de origen de los sueños eróticos de todas las jovencitas de la época y de las que vinieron después. Cara y cruz. El brutal Stan Kowalski y el delicado sensible, frágil, atormentado, inconformista, vulnerable y rebelde Montgomery Clift, el más poético y metódico de todos los actores del método. Extraordinariamente puntilloso y muy trabajador, dejó tras de sí una carrera corta, 17 películas, a las que aportó un trabajo interpretativo de altísima calidad. Llegó a ocupar durante una noche una celda en el corredor de la muerte de San Quintín para imbuirse de la atmósfera e interpretar a su personaje de Un lugar en el sol, rodaje durante el que conoció a una jovencísima Elizabeth Taylor, que tenía entonces 17 años. Con ella hizo otras tres películas, De repente, el último verano, De aquí a la eternidad y El árbol de la vida y una relación especial que duró toda su vida. Era homosexual, pero no a dedicación completa. El primer matrimonio de Liz, «la mujer ideal», en su opinión, con el heredero de la cadena hotelera Hilton, le costó un disgusto notable. Alguno de sus biógrafos sostiene que no discriminaba por razón de sexo a sus compañías de cama, aunque su productora, la Paramount, le montaba noviazgos y romances con mujeres que le acompañaban en los actos sociales. Wilder lo había contratado para el papel de Joe Gillis en El crepúsculo de los dioses, pero él abandonó antes de empezar el rodaje, argumentando que no sería creíble en una relación con una mujer tan mayor. Lo cierto, al parecer, es que él vivía entonces con la cantante Libby Holman, catorce años mayor que él y que algunos aspectos de la historia le resultaban insoportablemente descriptivos. El 12 de mayo de 1956, tras una fiesta en casa de Liz Taylor, embistió con su coche un poste de teléfonos y se desfiguró la cara con el cristal del parabrisas. Salvó la vida gracias a la rápida intervención de Liz Taylor y Rock Hudson para sacarlo del coche. Aunque nadie podría decir que hasta esa fecha fuese la alegría de la huerta, cabe el tópico para decir que nunca volvió a ser el mismo. Su carácter se hizo más sombrío y se dio al alcohol y a los estupefacientes con el tesón que sólo puede tener un actor del método interpretando un personaje maldito. Fue el suyo el suicidio más largo que se ha visto en el mundo del cine. Su secretario y último amante, Lorenzo James, lo encontró muerto en su cama el 23 de julio de 1966. Tenía 45 años.

09 octubre, 2010



Melanie ha sentado la cabeza


Antonio Domínguez Banderas era un chico de Málaga que se fue a Madrid antes de cumplir los veinte, por ver si en la capital de la gloria, la movida y los bandos del alcalde Tierno había alguna oportunidad para él. Allí conoció a Almodóvar, que le dio un papel en su segunda película, Laberinto de pasiones. No podía imaginar entonces que acabaría casándose con una estrella que diez años antes ya había trabajado con Arthur Penn y que en aquellos momentos se había revelado como una bomba sexual gracias, sobre todo a Doble cuerpo, de Brian de Palma, y Algo salvaje, de Jonathan Demme.

Melanie Griffith, hija de un publicista y una modelo llamada Tippi Hedren, fue descubierta para el cine por Alfred Hitchcock cuando éste buscaba desesperadamente una sustituta de su añorada Grace Kelly, que había dejado el oficio para hacerse princesa de un país de juguete junto al Mediterráneo.

La niña, que tenía seis años cuando su madre debutó en Los pájaros con un personaje al que Hitchcock llamó Melanie para motivarla, fue creciendo en el ambiente cinematográfico y al cumplir los 18 participó en sus dos primeras películas importantes: La noche se mueve y Con el agua al cuello, dos thrillers con Gene Hackman y Paul Newman en sus papeles protagonistas. Vivió un matrimonio recurrente como las fiebres tercianas, con un actorcillo improbable llamado Don Johnson, que tuvo lo mejor de su carrera en el papel del hortera Sonny Crockett en la serie Corrupción en Miami. Tras su primer divorcio de Johnson, se casó con Steven Bauer ( Esteban Echevarría), un actor cubano de Miami del que se divorció para volver a casarse con su primer marido mientras rodaba con él Un lugar llamado Paraíso y del que volvió a divorciarse cuando se encontró con Banderas en el rodaje de Two much, la aventura americana de Fernando Trueba.

Han pasado quince años desde entonces y varias películas, sin que Melanie haya vuelto a distraerse. Quizá como prueba de estabilidad, se hizo tatuar un corazón que circunscribe el nombre «Antonio» escrito con letra gótica en el brazo derecho. Aunque el acercamiento estético a una mujer que se graba un tatuaje con el nombre de su hombre en el hombro —perdonen la aliteración— da un poco de repelús, al menos a quienes nos educamos en los westerns de vaqueros y cuatreros que acostumbraban a marcar y remarcar las reses con el hierro de su rancho, Melanie no es Angelina Jolie, una letraherida con un cuerpo que se le queda pequeño para los centenares de citas literarias que conforman su universo íntimo.

Ese corazón y ese «Antonio» constituyen una declaración de principios a flor de piel, la señal cierta de que Melanie Griffith ha pasado a creer en la vida perdurable. En justa compensación, Antonio Banderas lleva quince años creyendo en la resurrección de la carne, amén.

02 octubre, 2010



Amores moluscos

(En recuerdo de Tony Curtis)

El arcipreste de Hita recogió en el Libro de Buen Amor unas cuantas historias amorosas. Hay amores frutales, como el de don Melón y doña Endrina, a pesar de la desmesura comparativa. Hay también amores batracios, como el de don Sapo y doña Rana, aunque el autor los propone como ejemplo de amores engañosos. No hay, sin embargo en todo el libro, una historia de amores moluscos, de don Caracol y doña Ostra, pongamos por caso, qué digo una historia de amor, ni siquiera un ligue urgente, un aquí te pillo aquí te mato a la hora de cerrar las discotecas.

Estamos ante un olvido injustificable, un desprecio a la tradición. Los caracoles y las ostras son conocidos desde hace mucho. Unos y otras se consumían en la antigua Roma, donde ya se practicaba la crianza de los gasterópodos, que recibe desde entonces el nombre de helicicultura. Ostras y caracoles eran conocidos por sus virtudes afrodisíacas. Las huevas de caracol o caviar blanco siguen consumiéndose por esa razón bajo el sugerente nombre de «perlas de Afrodita», lo que excusa cualquier otro comentario adicional.

Las ostras y los caracoles fueron metáfora de una pareja que pudo ser y se quedó en proyecto: la que formaban Marco Licinio Craso (Laurence Olivier) y el esclavo Antonino (Tony Curtis) en Espartaco, la película de Stanley Kubrick. El primero se baña, auxiliado por el joven y atractivo Antonino, esclavo griego recién comprado. Craso, que era rico —y caprichoso—, empieza a tirar los tejos al esclavo con veladas alusiones, mientras éste le hace la espalda, en una gran secuencia que fue prohibida por la censura franquista.

«¿Tú robas, Antonino?». «No, maestro». «¿Mientes?». «No, si puedo evitarlo». «¿Has ofendido alguna vez a los dioses?». «No, maestro».» ¿Te reprimes de todo vicio para respetar las virtudes morales?». «Sí, maestro», responde el muchacho, mientras sigue dándole al estrígilo. «¿Comes ostras?». «Cuando las tengo, maestro». «¿Comes caracoles?». «No, maestro». «¿Consideras moral comer ostras e inmoral comer caracoles?». «No, maestro», respondía un Antonino cada vez más apurado. «Por supuesto que no Cuestión de gustos, ¿no?». «Sí, maestro». «Y el gusto no es lo mismo que el apetito y por tanto no es una cuestión de moralidad, ¿no?». «Eso sería discutible, maestro». «Mi gusto incluye tanto los caracoles como las ostras», remata quien años después habría de formar con César y Pompeyo el famoso triunvirato, mientras sale del baño y asomándose al ventanal empieza a ilustrar al esclavo sobre la grandeza y la crueldad de Roma, sobre el poder y la gloria. «¿Entiendes, Antonino?», pregunta, volviéndose hacia Curtis. Éste, que al parecer no entendía, en la perspectiva de que su amo lo pusiera mirando a Otranto, aprovechó el despiste ensimismado de Craso para echarse el monte y sumarse a la guerrilla de Espartaco. Así se escribe la historia. Al menos, las películas.

25 septiembre, 2010



Brokeback city


El galán más seductor de Hollywood había tenido unos comienzos difíciles. Para empezar, con su propio nombre y sus orígenes humildes. ¿Cómo puede uno triunfar en esta vida si se llama Archibald Leech y ha tenido que hacerse cargo de sí mismo desde la adolescencia? El futuro Cary Grant hizo de chevalier servant para mujeres tan adineradas como entradas en años. No era el Actor's Studio, pero la experiencia le obligó a pulir su forma de hablar y le enseñó a caminar con elegancia, ya que una parte importante de su oficio consistía en acompañar a sus clientas a actos sociales que se celebraban en salones distinguidos, restaurantes caros y hoteles de lujo.

¿Es posible que Cary Grant, el galán más seductor de la historia del cine, y Randolph Scott, el cowboy más duro del Oeste, vivieran una historia de amor? Cosas más raras se han visto. ¿Quién nos iba a decir que un guerrero como Julio César era visto por Curión como «marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos»?

Como tantas parejas de Hollywood, intimaron en la primera película que rodaron juntos, en 1932: Hot Saturday, de William A. Setter. Los dos eran de fuera y decidieron alquilar juntos un apartamento en Hollywood Oeste.

Ambos eran por entonces estrellas de la Paramount, que decidió intervenir para atajar los interminables chismorreos de Hollywood, para lo cual hizo un reportaje fotográfico, algo en plan «Los señores Grant y Scott nos abren las puertas de su nuevo hogar», para mostrar un compadreo viril, cómo vivían dos solteros de oro en una villa que había adquirido justa fama por las fiestas nocturnas que la productora se encargaba de llenar de jovencitas. Como puede verse por la foto que ilustra esta página, perteneciente a aquel reportaje, fue peor el remedio que la enfermedad.

Randolph Scott y Cary Grant estuvieron alquilando casas juntos durante diez años. Temporalmente se separaban cuando uno de los dos contraía matrimonio, pero tras el divorcio volvían a la casa que tenían en común, hasta que en 1942, al contraer matrimonio Grant con la multimillonaria Barbara Hutton, le vendió a su amigo su mitad de la vivienda común. Antes, se había casado con Virginia Cherrill, la florista ciega de Luces de la ciudad, que toma al vagabundo Charlot por una persona relevante.

Era un seductor universal, que no se paraba ante las barreras de género. Ni de número. Nadie se casa cinco veces ni se hace padre a los 62 para cubrir las apariencias. Es verdad que usaba bragas, según contó su amante Maureen Donaldson, y que le daba al ácido lisérgico como una vida mía. Quizá fueron éstas las razones por las que el más completo actor de la historia de Hollywood nunca llegó a ganar un Oscar por ninguna de las interpretaciones que hizo. La Academia palió la injusticia en 1970, al reconocer con uno toda su carrera. «Todos los hombres quisieran ser Cary Grant», le comentó un periodista cuando le entrevistaba. «Yo también», respondió él.

18 septiembre, 2010



Mal ojo para los hombres


Audrey Hepburn fue la adelantada de una época. Ella sólo tenía estilo en un tiempo en que mayormente la mujer se llevaba muy armada. Eran los tiempos de Jayne Mansfield, Anita Ekberg y de Jane Russell y Marilyn Monroe, las dos chicas de Little Rock en Los caballeros las prefieren rubias, título que daría pie a la observación adversativa de Anita Loos «Pero se casan con las morenas».

Audrey Hepburn, née Edda Kathleen van Heemstra Hepburn-Ruston, vino a romper los moldes estéticos con sus 55 kilos repartidos en 1,70 de estatura. Lo explicaba Aud Johanssen, una bailarina que no podía entender el misterio de aquella jovencita de 17 años que formaba parte del equipo: «Yo tenía las tetas más grandes del escenario, pero todos miraban a la chica que menos tenía». Era una luz interior, «una estrella que no veía su propia luz», dijo de ella atinadamente su hijo Sean.

Hay muchas mujeres que buscan en los hombres el rastro del padre ausente, un método para sobreponerse a su inseguridad. La de Audrey Hepburn debía de ser grande, porque se fue a casar con Mel Ferrer, un hombre adusto como si padeciera úlcera de duodeno, que no parecía su padre, sino su abuelo.

Durante el rodaje de Dos en la carretera, una admirable y lúcida road movie sobre la vida en pareja, se enamoró de su marido en la ficción, Albert Finney, pero rompió con él cuando Mel Ferrer la amenazó con separarla judicialmente de su hijo. Fue mano de santo, pero su matrimonio no podía sobrevivir mucho tiempo a esa coacción. Se divorció en 1968. Luego se casó con un particular, el psiquiatra italiano Andrea Dotti, con quien estuvo casada 13 años y tuvo otro hijo, Luca. Siempre puso a sus hijos por delante de su carrera. Después de 1967, año en el que rodó Dos en la carretera y Sola en la oscuridad, dejó el cine durante nueve años, para poder dedicarse a sus hijos.

Rompió con William Holden y el guionista Robert Anderson, porque ambos eran estériles; el primero por haberse sometido a vasectomía y el segundo por causas naturales. Ella era una madre vocacional y no concebía una relación con un hombre que no pudiera convertirla en madre. Tuvo cinco abortos antes de poder alumbrar a su primer hijo, Sean, nacido en 1960. Su carrera cinematográfica es una cadena de aciertos y personajes inolvidables. Vacaciones en Roma, Sabrina, Guerra y paz, Historia de una monja, Los que no perdonan, Desayuno en Tiffany's, Charada y My Fair Lady, entre otras. En cambio, su mal ojo con los hombres no se limitó a sus maridos: habiendo trabajado con Gregory Peck, Cary Grant y Sean Connery, fue a liarse con Ben Gazzara, que se casó con otra mientras ella tramitaba su divorcio de Mel Ferrer, por no hablar de sus romances con Antonio Ordóñez y Alfonso de Borbón. Era algo promiscua, pero su voluntad no aumentó sus probabilidades de acierto.

11 septiembre, 2010



Fin de una época


Nadie olvidará nunca en Hollywood la noche entre el 8 y el 9 de agosto de 1969. En la casa que los Polanski tenían en el número 10.050 de Cielo Drive, en Bel Air, se había cometido una masacre. Charles Manson, que aquella noche inscribió su nombre entre los más famosos criminales de la Historia, envió a Susan Atkins, Patricia Krenwinkle, Leslie van Houten y Tex Watson a la mansión citada, donde la mujer del propietario, la actriz Sharon Tate, daba una fiesta a sus amigos y amantes, categorías que al final de los años sesenta, venían a ser una sola. En el interior de la casa se encontraron los cadáveres de la anfitriona, que se había casado el año anterior con Polanski y estaba en el octavo mes de gestación, atada junto a su antiguo novio, el peluquero Jay Sebring, asesinada ella con 50 cuchilladas y él de un tiro que le disparó Watson; Abigail Folger, heredera de un emporio cafetero y su novio, el polaco Wojtecz Frykowski, acuchillados; y, en el exterior, el del joven Steve Parent, que había ido a visitar a su amigo, el jardinero, en un día inadecuado.

Manson, que aún cumple condena, y sus víctimas eran las dos caras de la cultura hippie. Entre los primeros pasos del hombre en la Luna, apenas veinte días antes, y la masacre de Bel Air, quedó clausurada la década prodigiosa. Sharon Tate quedó para siempre como un icono de aquellos años. Como James Dean. La muerte a edades tan tempranas, —Tate tenía 26 años— es un extraordinario adhesivo para fijar los mitos en el imaginario colectivo.

Ella era una actriz prometedora. No sabemos cómo habría envejecido hasta los 64 años que tendría hoy. De él, un gran cineasta, sí lo sabemos. Ocho años más tarde, Román Polanski, a quien todo el mundo veía aún como el viudo de Sharon Tate, invitó a una niña de 13 años a pasar un día con él en la casa de Jack Nicholson. La Justicia le imputó seis cargos, entre los que figuraban la violación y el uso de estupefacientes. Aunque sus abogados llegaron a un acuerdo con la familia de la niña para rebajar los cargos, lo que quedaba era suficiente para que el cineasta se abriera. Han pasado 30 años [2007] desde entonces, sin que Polanski haya podido volver a pisar Estados Unidos. En 2002 le fue concedido el Oscar al mejor director por El pianista. Sus abogados trataron de negociar su vuelta con el Departamento de Justicia de EE UU. A pesar de los 25 años transcurridos y de que el voluntarioso juez que impulsó el caso había muerto hacía 13, nadie le garantizaba que no fuera a ser detenido en plena ceremonia de entrega para ser llevado a la cárcel. Ante esta perspectiva, se conformó con esperar a que se lo llevara a París su amigo Harrison Ford.

Tampoco ha acabado de cogerle el gusto a la gente de su edad. Su mujer actual, Emmanuelle Segnier, con quien empezó a salir en el rodaje de Frenético, es dos años más joven que la niña a la que invitó aquel día en casa ajena. Polanski, que era 21 años mayor que aquella nínfula, lleva 33 años a la actriz francesa.

04 septiembre, 2010



Matar al mensajero


Julie Christie quedó fijada como icono progre en 1967, gracias a la identificación de su imagen con el papel que la convirtió en una estrella: la enfermera revolucionaria Lara Antipova de Doctor Zhivago. También pesó mucho en esta consideración su doble interpretación en Fahrenheit 451, el filme de Truffaut sobre la novela de Bradbury en el que ella encarnaba al mismo tiempo el papel de Linda, la esposa dócil de Montag, un bombero quemalibros interpretado por Oskar Werner, y su amante Clarissa, una conspiradora cultural empeñada en salvar libros de las piras de su novio. Montag, que es un monógamo vocacional (basta ver que su mujer y su amante son iguales) acaba convertido a la causa.

En 1967 se enamoró perdidamente de Terence Stamp durante el rodaje de Lejos del mundanal ruido. La relación entre ambos dio que hablar, y no sólo por lo bajines, ya que aquel mismo año se convirtió en el motivo inspirador de la canción de Ray Davis Waterloo Sunset, que fue uno de los grandes éxitos de los Kinks y daba cuenta de las citas semanales de los dos amantes en una estación de tren: «Terry meets Julie, Waterloo station/ every friday night ».

Entre Stamp y Warren Beatty, con quien mantuvo un largo noviazgo para los estándares del actor (siete años), protagonizó una película que nos rompió el corazón a cuantos la amábamos resignadamente: El mensajero, dirigida por Joseph Losey con guión de Harold Pinter, una historia de amores adúlteros y veraniegos entre lady Trimingham y un rudo patán encarnado por Alan Bates. Nos acercamos a la historia a través de los ojos vicarios de Leo, el amigo de su hermano pequeño que le lleva inocentemente los recados para sus citas adúlteras. En un plano brutal para quienes la amábamos tan tiernamente como Leo y yo mismo, el niño se acerca a las caballerizas y ve allí al objeto de su ensoñación, la delicada lady Trimingham, cabalgada en el pajar por Ted Burgess. «Su cuerpo de labriego salvaje la socava», pensó un servidor con una paráfrasis de Pablo Neruda, inmediatamente antes de recitar el Poema 20. A Alan Bates y Julie Christie les basta una secuencia, un plano, para ser una de las parejas de la historia del cine, aunque para ello tuvieran que matar —figuradamente— al mensajero.

Lo suyo con Warren Beatty fue largo, tal como se apunta más arriba, pero artísticamente estuvo muy por debajo: las tres películas que hicieron juntos entre 1971 y 1978 no estuvieron a la altura de sus películas anteriores.

Desde hace cinco años [2007], Julie Christie vive recluida en su granja de Gales, de donde sólo ha salido para interpretar pequeños papeles, «cameos». Hizo saber entonces que la pérdida de memoria le impedía recordar textos largos, en una triste falsación del poema de Wordsworth al que nos referíamos ayer: la belleza siempre perdura en el recuerdo. A ella, con tanta vida a sus espaldas, ni siquiera le queda ese consuelo.

31 agosto, 2010



Amor en cláusulas


Michael Douglas y Catherine Zeta Jones nacieron el mismo día, un 25 de septiembre, aunque él lo hizo 25 años antes. Se conocieron en 1998 en el Festival de Deauville y el encuentro arruinó el matrimonio que el actor y productor mantenía con Diandra, su mujer desde 1977. No pudo arruinar al actor porque era muy, muy rico, pero le costó una pasta. El suyo fue uno de esos divorcios con los que sueñan los abogados matrimonialistas de Los Angeles. Veintitrés años y 45 millones de dólares después de su primera boda, estaba preparado para casarse con Catherine.

Sus hagiografías cuentan el gran momento en que Douglas la conquistó, una lección inolvidable para quienes no creen que las grandes estrellas puedan ser gentes tan simples como usted o yo, querido lector, o más si cabe, y ya lo creo que cabe. Él la miró y dijo: «Quiero ser el padre de tus hijos». Eso es tener pico de oro, aunque dicho por Michael Douglas seguramente le sonó más elocuente que si se lo hubiera dicho usted, no vaya a creer que basta decirle la frase mágica para verla caer rendida de amor a sus pies.

La bella Catherine es una de esas mujeres cuyo romanticismo no les impide ser prácticas. Su boda, un bodón que se celebró en el mítico y ya desaparecido Hotel Plaza de Nueva York con más de 300 invitados, fue apalabrada como exclusiva para la revista OK!. No contaban los contrayentes con que entre los invitados se colara un fotógrafo de Hello!, versión anglosajona de ¡Hola! que robó unas fotos y fue demandada por los recién casados. Un juez de Londres les dio la razón y condenó a la revista a pagar 800.000 euros de indemnización.

El romanticismo no lo agotaron con terceros. Michael no pensaba tropezar en la misma piedra dos veces y el matrimonio fue precedido de unas durísimas negociaciones entre sus abogados y los de su novia para firmar un contrato prenupcial en el que dejaron las cosas muy claras para las partes contratantes. Cuentas separadas y un minucioso protocolo en caso de divorcio que establecía la custodia compartida de los hijos y un blindaje sólido: en caso de despido improcedente, vale decir que Douglas reincida cuando Zeta tenga la edad de Diandra en el 98, él abonará seis millones de dólares, amén de tres millones por cada año de permanencia en la empresa. Este va a ser un matrimonio cuya solidez aumentará en cada aniversario, cada vez que él piense en cómo se le pondría el divorcio.

«Nada es perfecto en esta vida salvo Catherine Z. Jones», dijo Fernando Savater en un mitin de Basta Ya!, y todos comprendimos que la verdad hablaba por su boca. Cuentan las crónicas mundanas que entre las causas de que fracasara el primer matrimonio de Douglas estuvo una rara enfermedad, la adicción al sexo. Al casarse con Catherine Zeta se le convirtió en crónica.

30 agosto, 2010



Annette, la domadora


Decíamos ayer en sentido estricto que Warren Beatty se había convertido en una leyenda en Hollywood gracias a sus dotes amatorias. No hay manera de comparar sus capacidades con las de otro superdotado de la industria del cine, Errol Flynn, de quien se dice que hacía demostraciones interpretando al piano alguna pieza (breve y simple, aclaremos) usando el pene como si fuera la baqueta de un xilófono.

Desaparecido Flynn, Warren Beatty cargó con la pesada responsabilidad de ser el actor de cine más dotado y, si bien es verdad que el tamaño no lo es todo, parece que sí despierta la curiosidad. Hacer la lista completa de sus amantes es tarea que desbordaría los límites espaciales de este artículo. Vayan a título de ejemplo los nombres de Britt Ekland, Brigitte Bardot, Julie Christie, Candice Bergen, Jean Seberg, Vanesa Redgrave, Natalie Wood, Liz Taylor, Jane Fonda, Diane Keaton, Isabelle Adjani, Cher, Madonna, Daryl Hannah y otras etcéteras. Su hermana Shirley MacLaine decía que ir a Estados Unidos y no acostarse con Warren Beatty era como haber perdido el viaje. «De hecho —añadía—, creo que soy la única actriz de Hollywood que no se ha acostado con él».

La vida de Beatty sería una sucesión de lances de cama si no fuera por tres hitos. El primero fue Esplendor en la hierba, que no era como pensábamos los niños de mi generación la metáfora de un polvo campestre, sino el título de un hermoso poema de William Wordsworth que da sentido a una hermosa y triste historia de amores en la Gran Depresión: «Aunque ya nada pueda devolver la hora/ del esplendor en la hierba,/ de la gloria en las flores,/ no hay que afligirse./ Porque la belleza/ siempre perdura en el recuerdo».

El segundo fue el reto de la producción que asumió al comprar por 10.000 dólares un guión de Robert Benton y David Newman sobre la más famosa pareja de criminales estadounidenses durante los años 30: Bonnie and Clyde. El éxito de la película le hizo rico y lanzó a la fama a Faye Dunaway, que, naturalmente, era su amante al término del rodaje.

También produjo y dirigió Rojos entre el proselitismo y el método. Durante el rodaje se empeñó en que todos los actores, hasta los extras, se empaparan del pensamiento de John Reed. Su capacidad de convicción fue tal que al cabo de tres semanas los extras se plantaron en huelga para exigirle un aumento de sueldo.

El tercero fue su matrimonio. En 1991, durante el rodaje de Bugsy, conoció a una joven actriz llamada Annette Bening, que consiguió lo que parecía imposible: domar a Warren Beatty y hacer de él un marido fiel y un ejemplar padre de familia. Hoy, a los 70 años, debe de costarle menos esfuerzo. Él lo ha explicado como la etapa final de un camino de perfección, el último y definitivo paso hacia la ascesis: «El matrimonio requiere un talento especial, como la actuación. Para la monogamia tienes que ser un genio».

29 agosto, 2010



La pareja deconstruida


Diane Keaton tenía 23 años y era una actriz meritoria cuando Woody Allen se fijó en ella para una comedia que estaba a punto de estrenar en Broadway. Se trataba de una deconstrucción postmoderna del amor cinematográfico entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman y llevaba por título Play it again, Sam, la frase que todo el mundo cree haber oído, pero que nunca se dijo en Casablanca.

Su mejor película, Annie Hall, fue un manifiesto de la modernidad, el triunfo rotundo de Allen y Keaton como pareja: su relación sentimental se reflejó en el triunfo artístico. Él ganó dos Oscar —a la mejor dirección y al mejor guión— y ella, a la mejor actriz por interpretarse a sí misma. El personaje cinematográfico debe a la actriz que lo encarna hasta el nombre: el apellido real de Diane Keaton es Hall. Y el vestuario; Woody Allen le pidió que fuera al rodaje con su ropa. Aquella estampa inolvidable de Alvy Singer y Annie en su primera cita, en la que ella vestía unos pantalones dos tallas más grandes, corbata y chaleco en elegante desaliño y aquella belleza suya distanciada de sí misma, algo inconsciente y un poco neurótica fueron un modelo estético para parejas progres en los años setenta del —ay— siglo pasado.

Él siempre dio trabajo a sus mujeres: primero a Louise Lasser, en Toma el dinero y corre y Bananas y depués a Diane Keaton, con quien hizo seis, mientras fueron pareja, desde Play it again, Sam, que fue dirigida por Herbert Ross, hasta Manhattan. Un director tan dado a fundir la vida con el cine, avisó de la crisis como suele: mediante la relación del protagonista con la estudiante de bachiller que encarna Mariel Hemingway en la última película citada.

Años después, en Maridos y mujeres anunció con idéntico recado el final de lo suyo con Mia Farrow, después de doce películas: liando a su personaje, el profesor Gabe Rot, con Rain, la alumna de sensibilidad literaria que interpretaba Juliette Lewis. La crisis se presentía conmovedoramente en Annie Hall: «Yo diría que las relaciones son son como un tiburón, ¿sabes? Si no van siempre hacia adelante, mueren. Y creo que se nos ha quedado entre las manos un tiburón muerto».

Después de romper con él —y antes—, Diane Keaton mantuvo una larga e intermitente relación con Al Pacino al hilo de las tres entregas de El Padrino. En 1981 protagonizó Rojos, inspirada en el libro de John Reed Diez días que conmovieron al mundo. Tuvo entonces una historia inevitable e inevitablemente breve con su director y protagonista, Warren Beatty.

Allen había hecho tiempo atrás una broma: «En otra vida me gustaría reencarnarme en las yemas de los dedos de Warren Beatty», aludiendo a la apretada biografía amatoria del más seductor de los actores desde Rodolfo Valentino. En cierto modo lo hizo.

28 agosto, 2010



Corto pero muy intenso


La noche del 27 de junio de 1995 hacía calor en Los Ángeles y el actor Hugh Grant daba una vuelta con su BMW por Sunset Boulevard, cuando se encontró con una pasajera de la noche llamada Divine Brown. Tras una breve —pero intensa— charla, apalabraron una contraprestación: él le daría a ella 50 dólares y ella le practicaría a él lo que en aquellas latitudes se llama un blow job y por éstas, un francés.

El nombre en castellano de la suerte tiene orígenes históricos: en el siglo XVIII llegó a Madrid un gran contingente de putas francesas que practicaban determinadas artes a las que por decencia se negaban las nuestras, si se me perdona la patriótica apropiación. Esto hizo a las cocottes muy populares entre la clientela e indeseables competidoras para las putas castizas. Lamento carecer de datos sobre el origen del nombre en inglés. Lauren Bacall sedujo a Bogart en Tener y no tener con estas palabras: «Just put your lips together and blow», pero es probable que no se refiriera a eso.

Apenas había concluido el trabajo, cuando las sirenas policiales cercaron a la confiada y circunstancial pareja y ambos acabaron posando, por separado, en una comisaría de Los Ángeles para una ficha policial con un número en el pecho. Lo demás ya es historia. Él pidió perdón a su novia, la modelo británica Liz Hurley, aunque no le valió de nada. Ella rompió sus relaciones.

El periodismo es muy frecuentemente presa de sus propios prejuicios y de una querencia irrefrenable por las malas noticias. Supimos todo eso, pero en cambio no nos enteramos de la parte amable de la historia. A Divine Brown —¿qué hallazgo de nombre artístico, Negra Divina!—, la aparición de Grant le cambió la vida. La importancia del currículum, ya saben. Se calcula que entre entrevistas y publicidad ingresó un largo millón de dólares. Se hizo una foto en déshabille de travail, tal como recordamos a Ali MacGraw en La huida, cubierta de billetes de cien dólares.

La lealtad de la mujer es conmovedora. Doce años después sigue hablando en las televisiones de su efímero romance con el actor. Su marido de entonces, Gangster Brown —otro nombre inolvidable—, también hablaba y no paraba de las cualidades del actor: «Quiero a Hugh Grant. Me gustaría decirle: “Gracias. Si hay algo que pueda hacer por ti Me gustaría ser tu amigo”».

¿Quién dijo que los amores de Hollywood terminan mal, salvo el de Paul Newman y Joanne Woodward? He aquí un romance breve con un final feliz, una familia y un ex marido feliz en torno a la heroína de esta fugaz pasión de una noche de verano, una Cenicienta que supo relativizar la medianoche para quedarse la carroza. ¿Y Hugh Grant?, dirán ustedes. También tiene motivos para ser feliz. Se libró de Liz Hurley, que era una pesada, y sólo por 50 dólares. Jamás hubo ruptura más barata en el mundo del cine.

27 agosto, 2010



Polígamo por compasión


Tres de las cuatro hijas de Maurice Dorleac y Renée Deneuve se hicieron actrices siguiendo la tradición familiar. Dos hicieron carrera: Françoise, que era la más guapa y temperamental, murió cuando tenía 25 años en un accidente automovilístico tras haber dejado constancia de su talento en La piel suave y una decena de películas más. Catherine hubiera sido una gran heroína hitchcockiana, al menos en su aspecto exterior: rubia hasta la transparencia, circunspecta como una institutriz y fría como un iglú. La brevedad de su aventura americana, reducida a April fools, no lo permitió.

Tuvo todos los premios de interpretación de Europa, pero en Hollywood sólo llegó a dos nominaciones. Fue llamada «la mujer más bella del mundo» y «la novia de Francia»; en 1985 un busto suyo se convirtió en la nueva «Marianne», símbolo de la República francesa.

Conoció a Marcello Mastroianni, cómo no, durante un rodaje en 1971: Ça n'arrive qu'aux autres, de Nadine Trintignant. Ella estaba casada con el fotógrafo británico David Bailey, a quien pidió el divorcio un año después. Él, que también estaba casado, lo único que le pidió a su esposa, Flora Carabella, fueron disculpas cuando le contó en 1972 que Catherine Deneuve estaba esperando un hijo suyo.

Su mujer reaccionó bien: lo echó de casa, pero poco. Mastroianni era el hombre de su vida y sobrellevó como pudo aquel planazo. Su marido y la francesa rompieron pronto, en 1974. Ésta, poco dada a explicaciones sobre su vida privada, lo resumió con un sintagma muy socorrido en las causas de divorcio de aquellas décadas: incompatibilidad de caracteres. Lo que en un principio fue la causa de la atracción, la oposición de los contrarios, el temperamento ardiente y pasional del italiano y la elegante frialdad de la francesa, acabó dando paso a diferencias difícilmente conciliables: «hablamos distintos idiomas, procedemos de distintas culturas», dijo ella a modo de resumen.

Flora fue su mujer hasta el fin, el decorado matrimonial que daba sentido a las historias de Marcello con terceras. Una titular que veía pasar a las eventuales. La última de ellas fue la cineasta Anna María Tató, en cuya casa de París se dieron cita varias mujeres de Mastroianni en su hora final: Flora y su hija Bárbara, Catherine y Chiara y Anna María Tató.

Él lo explicaba así en una memorable entrevista a tres con Vittorio Gassman y Eugenio Scalfari, entonces director de La Repúbblica: «Si por mí fuera, nunca rompería con nadie. Cargaría con todas el resto de mi vida». «Eso significa también vivir en un mar de mentiras», objetó el periodista. Y él asentía: «un océano de mentiras». Dichas para bien, naturalmente. Pienso: «Sin mí, ella vivirá mal. Por lo tanto, es mi deber preservar esta relación a toda costa, por amor a ella». Más por ellas no podía hacer.

26 agosto, 2010



Esposa breve, amante larga


Katharine Hepburn ostenta una de las paradojas amatorias más notables en el mundo del cine: uno de los matrimonios más cortos y la más larga amantía de Hollywood. Su vida marital con Ludlow Ogden Smith duró 21 días. Ella tenía 21 años y ya no volvió a intentarlo, aunque tuvo relaciones plurales y diversas, diríamos ahora con la terminología al uso: John Ford, Howard Hughes y alguna excursión a Lesbos.

Lo que son las cosas, con un currículum tan notable fue a coincidir con Spencer Tracy en La mujer del año. Ambos desconfiaron del otro al tener noticia del proyecto y por la misma razón. El guionista Garson Kanin contó que los dos le hicieron el mismo reparo: «¿Usted cree que podremos trabajar juntos? ¡Somos tan distintos!». Poco antes del rodaje se encontraron en la calle. Él iba acompañado del realizador Joseph Mankiewicz, que los presentó. Ella quiso ponerle en su sitio desde el primer momento: «Señor Tracy, no es usted tan alto como creía». «No te preocupes, Kate», replicó Mankiewicz. «Él te reducirá a su tamaño».

Tenía razón, aunque sólo temporalmente. Spencer Tracy no llegaba a su nivel, pero cuando se conocieron era ya una estrella. Había ganado dos Oscar en años consecutivos, por sus interpretaciones en Capitanes intrépidos (1937) y La ciudad de los muchachos (1938), gracias a una receta interpretativa bastante simple, que no necesitaba las lecciones de interpretación de los Strasberg: «Basta con saberse el papel y no tropezar con los muebles». Ella había ganado uno cuatro años antes que él por Gloria de un día.

Mientras vivieron juntos mantuvieron ese palmarés conjunto, pero cuando Tracy murió, veinte días después de acabar el rodaje de su novena película juntos, Adivina quién viene esta noche, ganó otros tres más, el primero de los cuales fue por esta misma película, en 1967. Cuando subió a recoger la estatuilla en el Dorothy Chandler Pavillion, en marzo de 1968, dijo: «Siento como si se lo hubiera robado a Spencer». Al año siguiente volvió a ganarlo por El león en invierno (1968) y también en 1981 por En el estanque dorado.

Vivieron 25 años juntos, aunque había una señora Tracy, y no era su madre: Louise Treadwell, actriz de teatro con la que se había casado en 1923 y con la que tuvo dos hijos: John, que murió hace dos meses [2007], con 82 años, y Susie. La sordera del primero llevó a su madre a dejar la escena y dedicarse a su hijo: fundó una clínica especializada, la John Tracy.

Sobrellevó como pudo la dedicación muy parcial de su marido a la familia durante 44 años, hasta su muerte, porque Spencer Tracy era de los que, al decir de Woody Allen, se emparejaba para toda la vida, «como los palomos o los católicos». A él no le valía la máxima pragmática de Mickey Rooney, un vocacional del matrimonio pues se casó ocho veces: «Hay que casarse a primera hora de la mañana. Así, si la cosa sale mal, no pierdes todo el día».