08 septiembre, 2010

Sic transit gloria mundi




Dos meses ha durado la magia de los campeones del mundo, antes de que una Argentina pletórica diera un baño en términos inapelables: 4-1. Un palizón. Hubo mala suerte, es cierto, nuestros delanteros se encontraron con unos palos pertinaces que rechazaron tres goles cantados, una cantada de Reina y la buena suerte del equipo rival. En resumidas cuentas, que ellos nos metieron más goles a los nuestros que los nuestros a ellos, y eso es lo que define la derrota.

Era un partido amistoso y Del Bosque ensayó una alineación rara. Todo es comprensible, pero para los campeones del mundo, que ayer mismo eran distinguidos con el Príncipe de Asturias del Deporte, no es lo mismo perder por la mínima que por ese ominoso 4-1, que tiene algo de humillación. A ver cómo explica esto Jaime Lissavetzky en las primarias.

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En otro orden de cosas, el remero de primera Ikewana, vio así el cartel de las primarias:


07 septiembre, 2010

¿Qué quiere decir 'nada'?




Recuerden ustedes los hechos. Después del fracaso de Rafael Simancas en su segundo intento de batir a Esperanza Aguirre por la Presidencia de la Comunidad de Madrid, el presidente-secretario general tuvo una idea genial: necesito un líder nato para Madrid. Y buscando, buscando, dio con Tomás Gómez, un alcalde de Parla que había sido elegido con más apoyo que cualquier otro alcalde de España en las dos últimas ocasiones, con un 75% de los votos.

Tres años después, le bastó una encuesta para derrotar el hecho de los votos y trató de convencer a su pupilo de que debía renunciar a su candidatura en favor de Trinidad Jiménez. Los hechos indican que Trini Puede no pudo cuando intentó batir a Gallardón para el Ayuntamiento de Madrid, aunque hizo mejor papel que Sebastián.

La propuesta de Trini lleva implícito un reconocimiento de error del presidente, por más que el zapaterismo no conciba esa razón. El "yo no me juego nada en Madrid" es un cierto recular, yo no he sido, yo no he sido y parece un intento -intentona- de sacudirse de encima la responsabilidad.

Claro que se juega algo. El secretario general que ha tenido más poder en la historia del PSOE no consiguió convencer a Tomás Gómez para que cediera un puesto que se había ganado a pulso, convirtiéndose así en el único que le ha dicho 'no' a Zapatero, lo que le parece algo de lo peor a Rubalcaba. Si el 3 de octubre le gana a su candidata, después de la falta de neutralidad orgánica para no favorecer a ninguno de los dos candidatos, no hay otra lectura posible que las bases se han rebelado contra Roma detrás de ese gladiador llamado Tomás Gómez. Y que han ganado.

Si leemos el titular completo, es preciso reparar en esa locución adverbial: "A estas alturas". La única interpretación razonable de la misma está en un par de versos del poeta León de Greiff: "Vendo mi vida, cambio mi vida./ De todos modos la tengo perdida..."


06 septiembre, 2010

La tradición rota




La tradición es un cemento de fraguado rápido. Zapatero convirtió en ritual su asistencia a la fiesta de Rodiezmo, un mitin fiesta que los mineros de Soma-UGT celebraban anualmente en las campas de la citada localidad leonesa.

Después de que Aznar convirtiera en ritual de apertura de curso su excursión a Santo Domingo de Silos para oír misa y su partida de dominó con los lugareños de Quintanilla de Onésimo, Zapatero buscó un rito de izquierdas. Un mitin de los sindicalistas de la minería del carbón en un pueblo de León era perfecto. Quedaba muy de izquierdas y leonés. Quedaba un poco raro que el campeón de las energías alternativas y sostenibles, les prometiera  su apoyo a los mineros del carbón como hizo el año pasado, pero José Luis nunca ha sometido sus palabras al principio de contradicción.

Rodiezmo se había convertido en nueve años en una arraigada tradición socialista. Y si hay algo que tenga efecto retroactivo, además de la tregua declarada ayer por ETA, es este mitin. No importa que hasta la incorporación de Zapatero a los mítines fuera una fiesta local. Leyre recuerda haber asistido casi desde pequeñita. Así lo contaba Diario de León:
La secretaria de Organización del PSOE señaló que se siente «muy cómoda» en esta fiesta, a la que ha ido muchas veces, «casi desde pequeñita, estando en la oposición, estando en el Gobierno, entre compañeros del partido y de UGT».
Es, como digo, altamente improbable que papá Pajín y mamá Iraola, que tenían lo suyo en Benidorm se fueran cada primer domingo de septiembre para llevar a su niña a un mitin de mineros a un pueblo del norte de León, pero la memoria histórica sirve para esto: para recordar las cosas tal como debieron haber sucedido.

Estar en Rodiezmo sin José Luis es como estar en Puertomarte sin Hilda, con permiso de Asimov: media entrada y aún parte del respetable afeaba al diestro la intención cada vez que citaba la palabra huelga. "No la hagáis, no la hagáis", le decían. Lo más notable del asunto es que allí se habló sobre una huelga general que no tenía destinatario. No hubo ni una sola referencia al presidente del Gobierno y sí muchas al PP y a su líder.


Las gracias, as usual, corrieron a cargo del showman Guerra, aunque no reincidió en la acusación de 'mariposón' que le dedicó el 1 de septiembre de 2003. Quizá Zerolo le ha advertido de que su vieja homofobia no tiene ya razón de ser en el PSOE, que recibe muy bien las vías sexuales alternativas. Esta vez se conformó con llamarle "indolente, haragán, holgazán y perezoso" y preguntar: 
"¿Dónde estaban hace 31 años el robatrajes, el robarrelojes, el robapañuelos, el robacoches?"
En esto sí podemos hacerle alguna luz. Hace 31 años no lo sé, pero es muy probable que hace 20 estuvieran eclipsados por su henmano Juan y sus negocios particulares en un despacho de la Delegación del Gobierno en Sevilla. Siempre la confusión entre lo público y los privado, así está el tema.

05 septiembre, 2010

La abuela con ruedas




El líder de la oposición ha declarado inaugurado el curso político para este primer domingo de septiembre en el que el presidente solía inaugurarlo en las campas de Rodiezmo, donde se daba un baño de multitud acompañado por parte de su gineceo y Alfonso Guerra  le hacía la ola. Este año no ha acudido, todos sabemos por qué ha sido. Rajoy ha aprovechado la circunstancia para acusar al presidente de falta de coraje:
"Si yo fuera Zapatero hubiera ido a Rodiezmo este año"
Si el presidente del PP hubiese dicho: "Si yo fuera Zapatero habría ido a Rodiezmo este año", la frase habría ganado en sintaxis y se habría ahorrado la cacofonía, pero sería una frase igualmente fallida. Una cosa es 'estar en el lugar de Zapatero', que es los Rajoy debió decir. Pero si él fuera Zapatero obraría igual que Zapatero: sería ya un presidente del Gobierno en horas bajas, resolvería las cuestiones de Estado en los mítines de partido y viceversa y  nunca nunca se daría baños de multitud en aguas peligrosas. Entre las virtudes de Zapatero nunca ha estado la de dar la cara. Por otra parte, debería andarse con cuidado al hacer formulaciones tan inadecuadas: Si él fuese Zapatero, dubidubidubidubidubidubidú, perdería las próximas elecciones generales.Mira que algunos lo habíamos advertido, que esto de la identidad es sólo para líos.


04 septiembre, 2010



Matar al mensajero


Julie Christie quedó fijada como icono progre en 1967, gracias a la identificación de su imagen con el papel que la convirtió en una estrella: la enfermera revolucionaria Lara Antipova de Doctor Zhivago. También pesó mucho en esta consideración su doble interpretación en Fahrenheit 451, el filme de Truffaut sobre la novela de Bradbury en el que ella encarnaba al mismo tiempo el papel de Linda, la esposa dócil de Montag, un bombero quemalibros interpretado por Oskar Werner, y su amante Clarissa, una conspiradora cultural empeñada en salvar libros de las piras de su novio. Montag, que es un monógamo vocacional (basta ver que su mujer y su amante son iguales) acaba convertido a la causa.

En 1967 se enamoró perdidamente de Terence Stamp durante el rodaje de Lejos del mundanal ruido. La relación entre ambos dio que hablar, y no sólo por lo bajines, ya que aquel mismo año se convirtió en el motivo inspirador de la canción de Ray Davis Waterloo Sunset, que fue uno de los grandes éxitos de los Kinks y daba cuenta de las citas semanales de los dos amantes en una estación de tren: «Terry meets Julie, Waterloo station/ every friday night ».

Entre Stamp y Warren Beatty, con quien mantuvo un largo noviazgo para los estándares del actor (siete años), protagonizó una película que nos rompió el corazón a cuantos la amábamos resignadamente: El mensajero, dirigida por Joseph Losey con guión de Harold Pinter, una historia de amores adúlteros y veraniegos entre lady Trimingham y un rudo patán encarnado por Alan Bates. Nos acercamos a la historia a través de los ojos vicarios de Leo, el amigo de su hermano pequeño que le lleva inocentemente los recados para sus citas adúlteras. En un plano brutal para quienes la amábamos tan tiernamente como Leo y yo mismo, el niño se acerca a las caballerizas y ve allí al objeto de su ensoñación, la delicada lady Trimingham, cabalgada en el pajar por Ted Burgess. «Su cuerpo de labriego salvaje la socava», pensó un servidor con una paráfrasis de Pablo Neruda, inmediatamente antes de recitar el Poema 20. A Alan Bates y Julie Christie les basta una secuencia, un plano, para ser una de las parejas de la historia del cine, aunque para ello tuvieran que matar —figuradamente— al mensajero.

Lo suyo con Warren Beatty fue largo, tal como se apunta más arriba, pero artísticamente estuvo muy por debajo: las tres películas que hicieron juntos entre 1971 y 1978 no estuvieron a la altura de sus películas anteriores.

Desde hace cinco años [2007], Julie Christie vive recluida en su granja de Gales, de donde sólo ha salido para interpretar pequeños papeles, «cameos». Hizo saber entonces que la pérdida de memoria le impedía recordar textos largos, en una triste falsación del poema de Wordsworth al que nos referíamos ayer: la belleza siempre perdura en el recuerdo. A ella, con tanta vida a sus espaldas, ni siquiera le queda ese consuelo.

03 septiembre, 2010

Los altos ideales



Recuerden ustedes cuántas veces se ha dicho a Zapatero que tenía que hacer una crisis de Gobierno, que el que formó en abril de 2008 estaba, más que quemado achicharrado, antes de dos años y que era muy conveniente que al término de la Presidencia Europea hiciera los cambios oportunos para dar un impulso nuevo a la acción del Gobierno.

No hubo tal. Las crisis son para las elecciones. Si Trinidad Jiménez gana al maverick Gómez, serán dos los ministros que cesan para apagar los fuegos electorales que preocupan al presidente. ¿Desvestir al Gobierno para vestir una lista electoral? Sí, pero eso no quiere decir en modo alguno que subordinemos los intereses generales a nuestros, por otra parte, legítimos intereses partidarios. Todos nuestros portavoces han coincidido en los últimos seis años en dejar clarito que ésa es precisamente la actitud que caracteriza al PP. Lo hemos repetido 171.000 veces. Véanlo aquí.

Desnudar a las instituciones para vestir las listas electorales es, en este caso, un acto legítimo del presidente-secretario general. El Partido es el Estado y no tiene sentido distiguir entre una cosa y otra. Eso tiene muchas ventajas. Permite al candidato ir a los mítines en el avión presidencial que pagan todos los ciudadanos, incluidos sus adversarios de partidos de la oposición. De ahí que Zapatero anuncie sus medidas de Gobierno en los mítines y citara a una reunión en La Moncloa a Tomás Gómez para resolver asuntos partidarios.

Hoy van a volver a verlo en los terediarios. La candidata a candidata, Trini Puede, tendrá unos minutos de campaña en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros y Ministras, bajo el anfitrionaje de María Teresa Fernández de la Vega, para lo que le han colado en el índice un asunto menor  de su Ministerio. Tomás Gomez deberá conformarse con que la viceprimera no le considere "el candidato de la derecha", como Pedro Castro. O como el entorno de Jorge Alarte, que considera la precandidatura de Antoni Asunción como una maniobra del PP. Lo miserable se da la mano con lo paranoico.


02 septiembre, 2010

¿De qué se ríen?



No deben tomarse la pregunta como una muestra de incomodidad ante la felicidad ajena, sino más bien a la curiosidad. La foto fue captada ayer en la sede del PSOE en la madrileña calle de Ferraz, con motivo de la presentación de las candidaturas de Jaime Lissvetzky y Trini Puede a las primarias para elegir los candidatos al Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid.

Si alguien me hubiera preguntado mi opinión hace un mes en los términos estrictos de quien me parecía un mejor candidato para  batallar con Esperanza Aguirre por el despacho de la Puerta del Sol, habría dicho que Trini mejor que Tomás, habría dicho sin dudar que la primera. Otra cuestión sería quien era más adecuado, si el rudo fajador Gómez, que se ha trabajado el tema durante los tres últimos años o la paracaidista Jiménez. Ambos son descubrimientos de Zapatero, vaya eso por delante. El presidente no tiene otro criterio al respecto que las encuestas y el éxito electoral.  Tomás Gómez fue aupado a la secretaría general del PSM por haber sido el alcalde más votado de Madrid, con más del 60% de los votos en Parla. 

Sin embargo, Tomás Gómez,, con ese cutis de pedernal, que necesita al menos dos afeitados diarios, ha adquirido una notoriedad extraordinariamente mayor que su rival en estas pocas semanas. En parte, gracias a gestos como el de la foto. Alguno de sus asesores debió de sugerirle: "Y ya que vienen a hacer la presentación a la sede del partido, ¿no sería un gesto pertinente que les recibieras y te hicieras fotografiar con ellos en tanto que anfitrión? Y ahí está en el centro de la foto, abrazando sonriente a sus rivales, que también parecen muy felices. Más Trini, porque Lissavetzky ensaya una sonrisa  desmentida por lo sombrío de la mirada.

01 septiembre, 2010

El tamaño del futuro




El presidente del Gobierno fue a Shanghai y, como era preceptivo, visitó el pabellón español en la Expo. También era inevitable la frase alusiva; está en su naturaleza. "España tiene un futuro del tamaño de Miguelín", dijo y la sentencia llenó de turbación a propios y extraños, dadas las capacidades cuantificadoras de José Luis. El tamaño del muñeco de Isabel Coixet se conoce con bastante precisión: seis metros y medio.

Cualquier asesor que tuviera un mínimo de coraje le habría desaconsejado la semejanza: presidente, el futuro no tiene tamaño mensurable, como los países. El futuro es sólo una esperanza; podría admitirse grande en el sentido de 'grandioso'. César era grande, pero no era alto ni corpulento. Falla, por tanto, la comparación con el pepón de la cineasta. Miguelín es relativamente alto para ser un muñeco, pero muy bajito para ser nación. Mal comparao, es como Blanco: muy listo si lo ves en el Consejo de Ministros y Ministras, pero una medianía si te lo imaginas en una reunión de gente con estudios. 

Sin embargo, el presidente también ha dejado en estos días muestras de su sabiduría política. Sus detractores, que los hay, por mucho que la mera posibilidad repugne a la razón, están criticando su decisión de negociar con el PNV el apoyo de los nacionalistas vascos a los presupuestos a cambio de transferencias. ¿Cómo puede ser que un Gobierno, en lugar de negociar transferencias competenciales con el gobierno autonómico correspondiente, las mercadee con el partido de la oposición? Pura coherencia, si se paran a pensarlo. Si partimos de que las transferencias en materia de empleo las están negociando el Ministerio del Interior, el de Fomento y un particular, que es el portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso, en vez de hacerlo la vicepresidenta y el ministro de Trabajo, ¿por qué los interlocutores habían de ser los idóneos?

Sabido es por otra parte el alto concepto que el partido del Gobierno tiene de la función constitucional de la oposición. Las elecciones generales tienen como principal objetivo elegir al partido en quien recae responsabilidad tan principal. lo que pasa es que hemos tenido mala suerte. Como en el chiste de Cleopatra y Marco Antonio, hemos confiado el abanico al negro que no sabía dar aire. Así pues, habría sido más lógico que la negociación la hubiesen llevado Rajoy y el presidente del PNV. El reparto de tareas del Gobierno también promete. La próxima operación contra ETA o la negociación, si se terciara, la desarrollarán Leire Pajín y Bibi Aído. Veremos cosas extraordinarias en lo que queda de legislatura.


31 agosto, 2010



Amor en cláusulas


Michael Douglas y Catherine Zeta Jones nacieron el mismo día, un 25 de septiembre, aunque él lo hizo 25 años antes. Se conocieron en 1998 en el Festival de Deauville y el encuentro arruinó el matrimonio que el actor y productor mantenía con Diandra, su mujer desde 1977. No pudo arruinar al actor porque era muy, muy rico, pero le costó una pasta. El suyo fue uno de esos divorcios con los que sueñan los abogados matrimonialistas de Los Angeles. Veintitrés años y 45 millones de dólares después de su primera boda, estaba preparado para casarse con Catherine.

Sus hagiografías cuentan el gran momento en que Douglas la conquistó, una lección inolvidable para quienes no creen que las grandes estrellas puedan ser gentes tan simples como usted o yo, querido lector, o más si cabe, y ya lo creo que cabe. Él la miró y dijo: «Quiero ser el padre de tus hijos». Eso es tener pico de oro, aunque dicho por Michael Douglas seguramente le sonó más elocuente que si se lo hubiera dicho usted, no vaya a creer que basta decirle la frase mágica para verla caer rendida de amor a sus pies.

La bella Catherine es una de esas mujeres cuyo romanticismo no les impide ser prácticas. Su boda, un bodón que se celebró en el mítico y ya desaparecido Hotel Plaza de Nueva York con más de 300 invitados, fue apalabrada como exclusiva para la revista OK!. No contaban los contrayentes con que entre los invitados se colara un fotógrafo de Hello!, versión anglosajona de ¡Hola! que robó unas fotos y fue demandada por los recién casados. Un juez de Londres les dio la razón y condenó a la revista a pagar 800.000 euros de indemnización.

El romanticismo no lo agotaron con terceros. Michael no pensaba tropezar en la misma piedra dos veces y el matrimonio fue precedido de unas durísimas negociaciones entre sus abogados y los de su novia para firmar un contrato prenupcial en el que dejaron las cosas muy claras para las partes contratantes. Cuentas separadas y un minucioso protocolo en caso de divorcio que establecía la custodia compartida de los hijos y un blindaje sólido: en caso de despido improcedente, vale decir que Douglas reincida cuando Zeta tenga la edad de Diandra en el 98, él abonará seis millones de dólares, amén de tres millones por cada año de permanencia en la empresa. Este va a ser un matrimonio cuya solidez aumentará en cada aniversario, cada vez que él piense en cómo se le pondría el divorcio.

«Nada es perfecto en esta vida salvo Catherine Z. Jones», dijo Fernando Savater en un mitin de Basta Ya!, y todos comprendimos que la verdad hablaba por su boca. Cuentan las crónicas mundanas que entre las causas de que fracasara el primer matrimonio de Douglas estuvo una rara enfermedad, la adicción al sexo. Al casarse con Catherine Zeta se le convirtió en crónica.

30 agosto, 2010



Annette, la domadora


Decíamos ayer en sentido estricto que Warren Beatty se había convertido en una leyenda en Hollywood gracias a sus dotes amatorias. No hay manera de comparar sus capacidades con las de otro superdotado de la industria del cine, Errol Flynn, de quien se dice que hacía demostraciones interpretando al piano alguna pieza (breve y simple, aclaremos) usando el pene como si fuera la baqueta de un xilófono.

Desaparecido Flynn, Warren Beatty cargó con la pesada responsabilidad de ser el actor de cine más dotado y, si bien es verdad que el tamaño no lo es todo, parece que sí despierta la curiosidad. Hacer la lista completa de sus amantes es tarea que desbordaría los límites espaciales de este artículo. Vayan a título de ejemplo los nombres de Britt Ekland, Brigitte Bardot, Julie Christie, Candice Bergen, Jean Seberg, Vanesa Redgrave, Natalie Wood, Liz Taylor, Jane Fonda, Diane Keaton, Isabelle Adjani, Cher, Madonna, Daryl Hannah y otras etcéteras. Su hermana Shirley MacLaine decía que ir a Estados Unidos y no acostarse con Warren Beatty era como haber perdido el viaje. «De hecho —añadía—, creo que soy la única actriz de Hollywood que no se ha acostado con él».

La vida de Beatty sería una sucesión de lances de cama si no fuera por tres hitos. El primero fue Esplendor en la hierba, que no era como pensábamos los niños de mi generación la metáfora de un polvo campestre, sino el título de un hermoso poema de William Wordsworth que da sentido a una hermosa y triste historia de amores en la Gran Depresión: «Aunque ya nada pueda devolver la hora/ del esplendor en la hierba,/ de la gloria en las flores,/ no hay que afligirse./ Porque la belleza/ siempre perdura en el recuerdo».

El segundo fue el reto de la producción que asumió al comprar por 10.000 dólares un guión de Robert Benton y David Newman sobre la más famosa pareja de criminales estadounidenses durante los años 30: Bonnie and Clyde. El éxito de la película le hizo rico y lanzó a la fama a Faye Dunaway, que, naturalmente, era su amante al término del rodaje.

También produjo y dirigió Rojos entre el proselitismo y el método. Durante el rodaje se empeñó en que todos los actores, hasta los extras, se empaparan del pensamiento de John Reed. Su capacidad de convicción fue tal que al cabo de tres semanas los extras se plantaron en huelga para exigirle un aumento de sueldo.

El tercero fue su matrimonio. En 1991, durante el rodaje de Bugsy, conoció a una joven actriz llamada Annette Bening, que consiguió lo que parecía imposible: domar a Warren Beatty y hacer de él un marido fiel y un ejemplar padre de familia. Hoy, a los 70 años, debe de costarle menos esfuerzo. Él lo ha explicado como la etapa final de un camino de perfección, el último y definitivo paso hacia la ascesis: «El matrimonio requiere un talento especial, como la actuación. Para la monogamia tienes que ser un genio».

29 agosto, 2010



La pareja deconstruida


Diane Keaton tenía 23 años y era una actriz meritoria cuando Woody Allen se fijó en ella para una comedia que estaba a punto de estrenar en Broadway. Se trataba de una deconstrucción postmoderna del amor cinematográfico entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman y llevaba por título Play it again, Sam, la frase que todo el mundo cree haber oído, pero que nunca se dijo en Casablanca.

Su mejor película, Annie Hall, fue un manifiesto de la modernidad, el triunfo rotundo de Allen y Keaton como pareja: su relación sentimental se reflejó en el triunfo artístico. Él ganó dos Oscar —a la mejor dirección y al mejor guión— y ella, a la mejor actriz por interpretarse a sí misma. El personaje cinematográfico debe a la actriz que lo encarna hasta el nombre: el apellido real de Diane Keaton es Hall. Y el vestuario; Woody Allen le pidió que fuera al rodaje con su ropa. Aquella estampa inolvidable de Alvy Singer y Annie en su primera cita, en la que ella vestía unos pantalones dos tallas más grandes, corbata y chaleco en elegante desaliño y aquella belleza suya distanciada de sí misma, algo inconsciente y un poco neurótica fueron un modelo estético para parejas progres en los años setenta del —ay— siglo pasado.

Él siempre dio trabajo a sus mujeres: primero a Louise Lasser, en Toma el dinero y corre y Bananas y depués a Diane Keaton, con quien hizo seis, mientras fueron pareja, desde Play it again, Sam, que fue dirigida por Herbert Ross, hasta Manhattan. Un director tan dado a fundir la vida con el cine, avisó de la crisis como suele: mediante la relación del protagonista con la estudiante de bachiller que encarna Mariel Hemingway en la última película citada.

Años después, en Maridos y mujeres anunció con idéntico recado el final de lo suyo con Mia Farrow, después de doce películas: liando a su personaje, el profesor Gabe Rot, con Rain, la alumna de sensibilidad literaria que interpretaba Juliette Lewis. La crisis se presentía conmovedoramente en Annie Hall: «Yo diría que las relaciones son son como un tiburón, ¿sabes? Si no van siempre hacia adelante, mueren. Y creo que se nos ha quedado entre las manos un tiburón muerto».

Después de romper con él —y antes—, Diane Keaton mantuvo una larga e intermitente relación con Al Pacino al hilo de las tres entregas de El Padrino. En 1981 protagonizó Rojos, inspirada en el libro de John Reed Diez días que conmovieron al mundo. Tuvo entonces una historia inevitable e inevitablemente breve con su director y protagonista, Warren Beatty.

Allen había hecho tiempo atrás una broma: «En otra vida me gustaría reencarnarme en las yemas de los dedos de Warren Beatty», aludiendo a la apretada biografía amatoria del más seductor de los actores desde Rodolfo Valentino. En cierto modo lo hizo.

28 agosto, 2010



Corto pero muy intenso


La noche del 27 de junio de 1995 hacía calor en Los Ángeles y el actor Hugh Grant daba una vuelta con su BMW por Sunset Boulevard, cuando se encontró con una pasajera de la noche llamada Divine Brown. Tras una breve —pero intensa— charla, apalabraron una contraprestación: él le daría a ella 50 dólares y ella le practicaría a él lo que en aquellas latitudes se llama un blow job y por éstas, un francés.

El nombre en castellano de la suerte tiene orígenes históricos: en el siglo XVIII llegó a Madrid un gran contingente de putas francesas que practicaban determinadas artes a las que por decencia se negaban las nuestras, si se me perdona la patriótica apropiación. Esto hizo a las cocottes muy populares entre la clientela e indeseables competidoras para las putas castizas. Lamento carecer de datos sobre el origen del nombre en inglés. Lauren Bacall sedujo a Bogart en Tener y no tener con estas palabras: «Just put your lips together and blow», pero es probable que no se refiriera a eso.

Apenas había concluido el trabajo, cuando las sirenas policiales cercaron a la confiada y circunstancial pareja y ambos acabaron posando, por separado, en una comisaría de Los Ángeles para una ficha policial con un número en el pecho. Lo demás ya es historia. Él pidió perdón a su novia, la modelo británica Liz Hurley, aunque no le valió de nada. Ella rompió sus relaciones.

El periodismo es muy frecuentemente presa de sus propios prejuicios y de una querencia irrefrenable por las malas noticias. Supimos todo eso, pero en cambio no nos enteramos de la parte amable de la historia. A Divine Brown —¿qué hallazgo de nombre artístico, Negra Divina!—, la aparición de Grant le cambió la vida. La importancia del currículum, ya saben. Se calcula que entre entrevistas y publicidad ingresó un largo millón de dólares. Se hizo una foto en déshabille de travail, tal como recordamos a Ali MacGraw en La huida, cubierta de billetes de cien dólares.

La lealtad de la mujer es conmovedora. Doce años después sigue hablando en las televisiones de su efímero romance con el actor. Su marido de entonces, Gangster Brown —otro nombre inolvidable—, también hablaba y no paraba de las cualidades del actor: «Quiero a Hugh Grant. Me gustaría decirle: “Gracias. Si hay algo que pueda hacer por ti Me gustaría ser tu amigo”».

¿Quién dijo que los amores de Hollywood terminan mal, salvo el de Paul Newman y Joanne Woodward? He aquí un romance breve con un final feliz, una familia y un ex marido feliz en torno a la heroína de esta fugaz pasión de una noche de verano, una Cenicienta que supo relativizar la medianoche para quedarse la carroza. ¿Y Hugh Grant?, dirán ustedes. También tiene motivos para ser feliz. Se libró de Liz Hurley, que era una pesada, y sólo por 50 dólares. Jamás hubo ruptura más barata en el mundo del cine.

27 agosto, 2010



Polígamo por compasión


Tres de las cuatro hijas de Maurice Dorleac y Renée Deneuve se hicieron actrices siguiendo la tradición familiar. Dos hicieron carrera: Françoise, que era la más guapa y temperamental, murió cuando tenía 25 años en un accidente automovilístico tras haber dejado constancia de su talento en La piel suave y una decena de películas más. Catherine hubiera sido una gran heroína hitchcockiana, al menos en su aspecto exterior: rubia hasta la transparencia, circunspecta como una institutriz y fría como un iglú. La brevedad de su aventura americana, reducida a April fools, no lo permitió.

Tuvo todos los premios de interpretación de Europa, pero en Hollywood sólo llegó a dos nominaciones. Fue llamada «la mujer más bella del mundo» y «la novia de Francia»; en 1985 un busto suyo se convirtió en la nueva «Marianne», símbolo de la República francesa.

Conoció a Marcello Mastroianni, cómo no, durante un rodaje en 1971: Ça n'arrive qu'aux autres, de Nadine Trintignant. Ella estaba casada con el fotógrafo británico David Bailey, a quien pidió el divorcio un año después. Él, que también estaba casado, lo único que le pidió a su esposa, Flora Carabella, fueron disculpas cuando le contó en 1972 que Catherine Deneuve estaba esperando un hijo suyo.

Su mujer reaccionó bien: lo echó de casa, pero poco. Mastroianni era el hombre de su vida y sobrellevó como pudo aquel planazo. Su marido y la francesa rompieron pronto, en 1974. Ésta, poco dada a explicaciones sobre su vida privada, lo resumió con un sintagma muy socorrido en las causas de divorcio de aquellas décadas: incompatibilidad de caracteres. Lo que en un principio fue la causa de la atracción, la oposición de los contrarios, el temperamento ardiente y pasional del italiano y la elegante frialdad de la francesa, acabó dando paso a diferencias difícilmente conciliables: «hablamos distintos idiomas, procedemos de distintas culturas», dijo ella a modo de resumen.

Flora fue su mujer hasta el fin, el decorado matrimonial que daba sentido a las historias de Marcello con terceras. Una titular que veía pasar a las eventuales. La última de ellas fue la cineasta Anna María Tató, en cuya casa de París se dieron cita varias mujeres de Mastroianni en su hora final: Flora y su hija Bárbara, Catherine y Chiara y Anna María Tató.

Él lo explicaba así en una memorable entrevista a tres con Vittorio Gassman y Eugenio Scalfari, entonces director de La Repúbblica: «Si por mí fuera, nunca rompería con nadie. Cargaría con todas el resto de mi vida». «Eso significa también vivir en un mar de mentiras», objetó el periodista. Y él asentía: «un océano de mentiras». Dichas para bien, naturalmente. Pienso: «Sin mí, ella vivirá mal. Por lo tanto, es mi deber preservar esta relación a toda costa, por amor a ella». Más por ellas no podía hacer.

26 agosto, 2010



Esposa breve, amante larga


Katharine Hepburn ostenta una de las paradojas amatorias más notables en el mundo del cine: uno de los matrimonios más cortos y la más larga amantía de Hollywood. Su vida marital con Ludlow Ogden Smith duró 21 días. Ella tenía 21 años y ya no volvió a intentarlo, aunque tuvo relaciones plurales y diversas, diríamos ahora con la terminología al uso: John Ford, Howard Hughes y alguna excursión a Lesbos.

Lo que son las cosas, con un currículum tan notable fue a coincidir con Spencer Tracy en La mujer del año. Ambos desconfiaron del otro al tener noticia del proyecto y por la misma razón. El guionista Garson Kanin contó que los dos le hicieron el mismo reparo: «¿Usted cree que podremos trabajar juntos? ¡Somos tan distintos!». Poco antes del rodaje se encontraron en la calle. Él iba acompañado del realizador Joseph Mankiewicz, que los presentó. Ella quiso ponerle en su sitio desde el primer momento: «Señor Tracy, no es usted tan alto como creía». «No te preocupes, Kate», replicó Mankiewicz. «Él te reducirá a su tamaño».

Tenía razón, aunque sólo temporalmente. Spencer Tracy no llegaba a su nivel, pero cuando se conocieron era ya una estrella. Había ganado dos Oscar en años consecutivos, por sus interpretaciones en Capitanes intrépidos (1937) y La ciudad de los muchachos (1938), gracias a una receta interpretativa bastante simple, que no necesitaba las lecciones de interpretación de los Strasberg: «Basta con saberse el papel y no tropezar con los muebles». Ella había ganado uno cuatro años antes que él por Gloria de un día.

Mientras vivieron juntos mantuvieron ese palmarés conjunto, pero cuando Tracy murió, veinte días después de acabar el rodaje de su novena película juntos, Adivina quién viene esta noche, ganó otros tres más, el primero de los cuales fue por esta misma película, en 1967. Cuando subió a recoger la estatuilla en el Dorothy Chandler Pavillion, en marzo de 1968, dijo: «Siento como si se lo hubiera robado a Spencer». Al año siguiente volvió a ganarlo por El león en invierno (1968) y también en 1981 por En el estanque dorado.

Vivieron 25 años juntos, aunque había una señora Tracy, y no era su madre: Louise Treadwell, actriz de teatro con la que se había casado en 1923 y con la que tuvo dos hijos: John, que murió hace dos meses [2007], con 82 años, y Susie. La sordera del primero llevó a su madre a dejar la escena y dedicarse a su hijo: fundó una clínica especializada, la John Tracy.

Sobrellevó como pudo la dedicación muy parcial de su marido a la familia durante 44 años, hasta su muerte, porque Spencer Tracy era de los que, al decir de Woody Allen, se emparejaba para toda la vida, «como los palomos o los católicos». A él no le valía la máxima pragmática de Mickey Rooney, un vocacional del matrimonio pues se casó ocho veces: «Hay que casarse a primera hora de la mañana. Así, si la cosa sale mal, no pierdes todo el día».

25 agosto, 2010



Dos maridos impropios


Reunían todas las condiciones para haber sido una de tantas parejas cinematográficas que prolongaron fuera del plató la relación amorosa que interpretaban dentro. Tony Curtis y Marilyn Monroe eran guapos, de una edad compatible y tenían ambos una intensa biografía amatoria. Ambos fueron pareja en Con faldas y a lo loco. Mejor dicho, lo fueron el saxofonista Joe/Shell Oil Junior y Sugar Kane Kowalzyk. Estrictamente ante las cámaras. Ni un minuto más.

«Era como besar a Hitler», dijo después el actor, en una frase imposible de comprender, salvo que el señor Curtis fuese un nazi extraordinariamente fanático, si el lector perdona la redundancia. Billy Wilder, director de la película, dio alguna clave para explicar esta ojeriza: un día hubo que rodar 65 veces la misma toma, mientras Curtis y Jack Lemmon repetían una y otra vez el mismo plano en sus papeles femeninos, con unos zapatos de tacón de aguja que les destrozaban los pies y todo porque la estrella era incapaz de decir correctamente su frase. Ésta: «Where is the bourbon?» (¿Dónde está el bourbon?).

Tal vez ninguno de sus personajes fue tan adecuado para explicar sus relaciones con los hombres como el de Sugar Kane, cuando le dijo a Curtis en el lavabo del tren: «¡No tengo cerebro!».

En realidad tenía más que sus dos últimos maridos, uno por primario y otro por intelectual. No tuvo las compañías adecuadas. Cuando el simple, la estrella del béisbol Joe di Maggio, fue invitado al rodaje de La tentación vive arriba, se acabó su matrimonio. Le tocó presenciar la secuencia de la ventilación del metro en la Avenida Lexington. Di Maggio vio a una multitud enfebrecida, 20.000 energúmenos gritando como cafres cada vez que a su mujer se le veían las bragas y comprobó que ella disfrutaba del homenaje. Más de lo que podía soportar. «No le gustaban mis papeles, ni que me besaran los actores y no le gustaba mi vestuario. Pero, ¿con quién creyó que se casaba cuando se casó conmigo? A decir verdad, nuestro matrimonio fue una delirante amistad con privilegios sexuales. Tiempo después supe que eso suele ser el matrimonio».

Tras comprobar que Di Maggio se le quedaba corto, probó con un intelectual. No tuvo mejor suerte. El paternalismo de Arthur Miller hacia ella, su condescendencia altiva hacia quien llamaba en público «la pobre niña» le hizo comentar a Wilder: «Por fin había conocido a alguien que tuviera contra ella más resentimiento que yo». Después de todo, el director que jamás intentó acostarse con ninguna de sus actrices, tenía de ella una opinión mucho más alta, aunque la manifestara dentro del mismo campo definitorio de Tony Curtis: «Era como la Segunda Guerra Mundial: un infierno, pero valía la pena». Tras el divorcio, ella fue muy comprensiva con el dramaturgo: «Yo creo que a Arthur le gustaban tontas».

24 agosto, 2010



La Pareja


Los dos venían del teatro cuando se conocieron en el Actor's Studio. Él era uno de los guapos de la famosa academia Strasberg, que empezó a frecuentar después de haber sido rechazado en Broadway para lo que iba a ser su primer papel protagonista: el de Hal Carter en Picnic, que en la versión cinematográfica interpretó William Holden. Joshua Logan, que también fue director de escena en la obra teatral, rechazó a Paul Newman porque aquel joven carecía de tirón erótico.

La vida está hecha de estas paradojas. Un hombre que ha sido sex symbol durante varias décadas tuvo que matricularse en una academia por ver de sacarse un poco más de partido. Así fue como el joven Newman dio sus primeros pasos en el cine, por el sendero que había abierto Marlon Brando, con un toque de rebelde sin causa que le hacía un candidato al hueco que había dejado en la pantalla la muerte de James Dean.

Ella era una sólida actriz teatral, guapa, inteligente y culta, que vio grandes posibilidades de futuro en aquellos ojos claros y lo rescató de un matrimonio desdichado con la también actriz Jackie Witte.

Se casaron en 1958 y debió de parecerles un augurio inmejorable, porque aquel mismo año ella ganó el Oscar por Las tres caras de Eva y él fue nominado por La gata sobre el tejado de zinc e interpretaron su primera película juntos: El largo y cálido verano, de Martin Ritt. Quizá esa superstición haya sostenido uno de esos matrimonios para siempre. Es de suponer que a estas alturas [2007], con 82 años él y 77 ella, no estén para muchas veleidades y no estropeen una leyenda tan impecable de solidez institucional.

Nunca ha habido muchos matrimonios estables en el mundo cinematográfico, donde ellos son «la pareja» por antonomasia. Robert Redford, Kevin Costner y Michael Douglas tuvieron matrimonios largos, pero ninguno llegó a aproximarse al casi medio siglo que llevan Paul Newman y Joanne Woodward, raros ejemplos de estabilidad en un mundo en el que, como decía Woody Allen, la gente se casa y se descasa sin darle al tema la importancia que tiene. Y eso sí que no. Pase que se trivialice el matrimonio, pero no el divorcio: «una esposa dura tanto como un matrimonio, pero una ex esposa es para toda la vida». Contaba Sean Connery que en Hollywood existe una asociación que, cada vez que uno de sus miembros da un paso hacia el divorcio, le envía un contable disuasorio para que le explique en cuánto se le va a poner la broma.

Han trabajado juntos en trece películas, cuatro de las cuales han sido dirigidas por él: Rachel, Rachel, El efecto de los rayos gamma sobre el crecimiento de las margaritas, Harry e hijo y El zoo de cristal. Es, según ha declarado, lo más gratificante que le ha pasado nunca en su carrera, poder dirigir a Joanne Woodward, aunque los motivos no sean estrictamente artísticos: «Es sólo en esos momentos cuando soy yo el que dice lo que hay que hacer».

23 agosto, 2010



Una mujer descalza


Tom Cruise es galán bajito. Como Bogart, o Alan Ladd, sólo son creíbles gracias al trampantojo cinematográfico. La cámara, al igual que la cama, allanan diferencias de estatura, pero en el teatro no hay manera de disimular. Los actores pequeños están condenados a papeles cómicos. Imagínense a cualquiera de los tres bailando en un escenario con Geena Davis, 1,83. No les diré más. De niño, además de bajito tampoco era muy listo. Sus profesores coincidían en que Tom Cruise nunca llegaría a ser nada en esta vida. Depende de lo que aquellas buenas personas considerasen ser algo en esta vida. Es muy probable que Cruise no hubiera hecho una carrera muy brillante si se hubiera matriculado en Física Cuántica. Pero no lo hacía mal como descargador de camiones y camarero, y las oportunidades que tuvo como actor le llevaron a ser uno de los actores mejor pagados en Hollywood en pocos años.

Su biografía sentimental dio sus primeros pasos con mujeres muy cuajadas: tuvo un noviazgo apasionado con Rebecca de Mornay, que cristalizó profesionalmente en Risky Business, la película que los hizo famosos; se casó con Mimi Rogers, que tenía por entonces las tetas más notables de Hollywood (tómese la aseveración con la misma prudencia que los récords del Libro Guinness) antes de conocer a Nicole Kidman. Cruise parece creer que el tamaño sí importa, al menos en el matrimonio: sus tres mujeres han sido más altas que él, especialmente la actriz australiana, que le lleva 12 centímetros.

Mimi Rogers, con la que componía una imagen materno-filial, le introdujo en la Iglesia de la Cienciología, a la que él llevó posteriormente a sus mujeres y novias. Sólo tuvo dificultades con Penélope Cruz, que, además de ser la única de su estatura, le salió budista. No podía durar. Kidman, mujer enamorada, se convirtió a la nueva fe con alegría, pero su militancia en la nueva fe duró exactamente lo mismo que su matrimonio, once años.

Cuando Tom Cruise puso fin a su relación en 2001 para iniciar su pasajera vida en común con Penélope Cruz, Nicole Kidman, 1,80 de estatura, estuvo —como no podía ser menos— a la altura de las circunstancias: «Tenía muchas ganas de volver a ponerme zapatos de tacón». Y se los puso. Los zapatos y las botas. Nada más separarse de Tom Cruise recibió su primera nominación al Oscar a la mejor actriz por su trabajo en Moulin Rouge, aunque aquel año debió de conformarse con el Globo de Oro, porque el Oscar se lo llevó Halle Berry. Al año siguiente volvió a ser nominada por su interpretación de Virginia Wolf en Las horas y esta vez no se le escapó. La iglesia de la Cienciología ha perdido una sacerdotisa muy vistosa, pero el cine ha ganado una estrella de verdad. Su ex ha sido tres veces candidato al Oscar (Magnolia, Jerry McGuire y Nacido el 4 de julio), pero en las tres ocasiones hubo de conformarse con el Globo de Oro. Llenemos de sentido la vaciedad del lugar común: junto a todo gran hombre siempre hay una mujer descalza.

22 agosto, 2010



Mujer de muchas lecturas


Esta muchacha tiene mucho que leer. Diecinueve tatuajes a lo largo y ancho de su cuerpo. Es verdad que hay muchos «santos», pero también mucho texto: cinco columnas de literatura jmer camboyana, las coordenadas de los lugares donde nacieron sus hijos, un latinajo en el estómago que dice quod me nutrit me destruit (lo que me alimenta me destruye); en la base del cuello, un eslogan sindicalista: know your rights (conoce tus derechos); en el interior del antebrazo, una cita de Tennessee Williams; una frase en árabe, símbolos tribales indios, ideogramas chinos, alegorías japonesas, dragones, tigres y otros etcéteras.

La neumática y recauchutada Angelina camina por la vida entre sus misiones benefactoras y películas de acción; es la síntesis de Teresa de Calcuta y Lara Croft. Voluntaria para los refugiados y protagonista de videojuegos, podría parecer que lleva una vida esquizofrénica, pero una y otra condición vienen a ser la misma cosa.

Ella cuenta con encantadora simplicidad la interacción entre el cine y la vida real, cómo los papeles de Mr. y Mrs. Smith la unieron en el cine a Brad Pitt y lo que el cine ata en pantalla atado queda en la vida real: «Uno tiene que confiar en el otro y moverse solamente cuando la otra persona se mueve; entonces la confianza, cuando alguien tiene un arma cargada a tu espalda… hizo que confiáramos el uno en el otro de manera rápida».

Angelina Jolie es una mujer extraordinaria. Cuando se enamora es como la española de la copla cuando besaba, hasta el punto de hacerse dos tatuajes con el nombre de Billy Bob Thornton, su anterior marido. Uno de ellos en un hombro, bajo la imagen de un dragón. El otro en un labio (más concretamente, en el exterior derecho). La pobre se casó por segunda vez sin haber aprendido nada de la primera. Que nada es para siempre, por ejemplo. ¿Se mosqueará Brad Pitt cuando piense que su nombre, a pesar de ser más corto, no ha merecido el honor de ser escrito ni siquiera con bolígrafo en la cara interna de su muslo? Los legionarios, que siempre han sido caballeros dados al tatuaje, se escogían textos escasamente comprometedores para el futuro: «Amor de madre», por ejemplo. ¿Qué de malo hay en ello?

Entre el honrado gremio de los tatuadores hay unos especialistas en el borrado que, de momento, tienen como clienta a Angelina Jolie y hacen campaña con Melanie Griffith para cuando se divorcie de Antonio Banderas y empiece a picarle ese Antonio que lleva escrito con letra gótica bajo dos corazones atravesados por una flecha. Son los «remiendavirgos» de este tiempo, una especialidad que puede parecer banal, pero que dice mucho a favor de nuestra heroína, un libro abierto. ¿Qué no diremos de Ava Gardner o Grace Kelly? Pero eran ágrafas, sendas páginas en blanco. No sospechaban que hay hombres que lo último, último que hacen antes de dormir es leer un rato.

21 agosto, 2010



Ex marido protector


Habían pasado diez años desde su divorcio de Ava Gardner cuando Frank Sinatra, ya cincuentón, pidió matrimonio a Mia Farrow, que entonces tenía 20 años. Ella respondió que sí, y su madre, Maureen O'Sullivan, la inolvidable Jane de Tarzán, torció el gesto: «Si el señor Sinatra quiere casarse con alguien, debería hacerlo conmigo», dijo en señal de desaprobación. Se refería, evidentemente, a la edad, pero la fama de mujeriego, bebedor compulsivo, broncas y amigo de la Mafia no eran cualidades que contribuyeran a tranquilizar a una madre.

Ava Gardner, pérfida y deslenguada, tuvo noticia de la boda entre su tercer ex marido, Frank Sinatra, y la joven Mia Farrow, cuyo aspecto de entonces quedó fijado dos años después de la boda en La semilla del Diablo: extremadamente delgada, andrógina y con el pelo corto. Y comentó: «Ya me temía yo que Frankie acabaría en la cama con un chico».

Para ambos fue un flechazo, según explicó años después Mia Farrow. Él debía de estar curado de espanto de su matrimonio con una mujer tan inabarcable como Ava Gardner. Después de su divorcio, empezó a frecuentar a Lauren Bacall. Se cuenta que fue durante esa etapa cuando nació una relación entre los dos que ambos llevaron con discreción. Fue un año después de enviudar cuando el cantante le propuso matrimonio. Ella aceptó, y salieron a celebrarlo juntos. Alguien les pidió un autógrafo y él pidió a la mujer que lo firmase con su nuevo nombre. «Betty Sinatra», firmó ella condescendiente, pero cuando la noticia apareció en los medios él sufrió uno de sus arrebatos de ira y rompió la relación. «Nunca me casaré con esa mujer apabullante», lamentó sobre el hombro, ya definitivamente amigo de Ava Gardner. Ésa era una de las características del cantante. Convertía en asfixiantes las relaciones de pareja, pero después de romper no había amigo más leal ni generoso para una ex. De ello tuvo noticia el actor George C. Scott, un hombre violento que pasó fugazmente por la vida de la diosa y llegó a maltratarla. Sinatra envió un par de sus amigos a visitarlo en la habitación del hotel donde se alojaba. No lo encontraron y se conformaron con arrancar las mangas a todas sus chaquetas. Patton comprendió el mensaje.

El matrimonio de Mia Farrow con él sólo duró dos años. La jovencísima actriz se vio sometida a una prueba demasiado dura para ella. Soportar a Polanski durante el rodaje y a Frank Sinatra por las noches era demasiado para cualquiera. Él, en uno de sus arrebatos, le envió los papeles del divorcio al rodaje con uno de sus abogados y ella los firmó sin rechistar. Años después, sin embargo, cuando Woody Allen rompió la relación que mantenían al liarse con su hija adoptiva Soon-Yi, su ex marido Frank se ofreció solícito para hacer que unos amigos le rompieran las piernas al cineasta. Así era él: un caballero.

20 agosto, 2010



Una pareja explosiva


La vida te da sorpresas, quién nos iba a decir tantos años después que el iniciador en materia sexual de Ava Gardner fue su primer marido, Mickey Rooney. Ella tenía 19 años, él 22 y, aunque era veinte centímetros más bajo, los compensaba con su condición de estrella: era el actor mejor pagado de Hollywood en aquella época. Ella, víctima de una educación puritana en el medio rural en que se crió, llegó virgen al matrimonio y aquel marido improbable, las cosas como son, despertó la fiera que llevaba dentro: «No te fíes del muchachito», le confesaba una sorprendida Ava Gardner a su amiga y también actriz Anne Miller. «Se conoce al dedillo todos los trucos».

Su matrimonio apenas duró un año, pero ambos debieron de sacar una positiva impresión, porque ella se hizo adicta y él se casó otras siete veces. Su segundo marido, el músico Artie Shaw, le duró aproximadamente lo mismo y también fue su maestro, pero en un plano más intelectual. Shaw estaba preocupado por la incultura de su mujer. Demasiado, quizá, como lo demuestra el hecho, que ella contaba con retintín, de que le hizo llevarse un libro de Darwin, El origen de las especies, al viaje de novios.

Su tercer marido fue Frank Sinatra, con el que vivió un amor imposible, todo él una desmesura obsesiva bañada en alcohol y cuernos. Él, cuyas infidelidades no tenían cuento, llevaba fatal la liberalidad sexual de Ava. Cuando ella vino a la Costa Brava a rodar Pandora y el Holandés errante, Sinatra se plantó en España urgido por el mosqueo. Todo el equipo de rodaje se convirtió en celestina para entretenerle mientras buscaban a Ava y la rescataban de Mario Cabré, con quien estaba pelando la pava. El noviazgo y los cinco años de matrimonio fueron una tortura para ambos, especialmente para él, que físicamente se correspondía con el tamaño manejable de la mayor parte de sus maridos. Cuando le preguntaron cómo se había enamorado de aquellos 50 kilos de hombre, respondió: «Es que 43 son de pene».

Fue la única mujer que se le resistió al tododopoderoso Howard Hughes y en cambio una noche se empeñó en privatizarse por unas horas con Manolo de Vega, cantaor en un tablao de Madrid. Todo por no dormir sola. Ella hacía con los hombres lo mismo que los turistas convencionales con la gastronomía: se apuntaba a los aires locales. Si hubiera estado en Suiza, se habría acostado con alpinistas y relojeros. En España, lo propio eran toreros y cantaores.

Todos sus hombres la desmerecían. El animal más bello del mundo fue para todos ellos un hermoso trofeo, salvo para Sinatra y para Mario Cabré, que se enamoró como un mirlo, mientras quedó en la memoria de ella como «un error de una noche». Dominguín protagonizó aquella famosa espantada, al comenzar a vestirse apenas terminado su primer encuentro sexual, ante una mujer sorprendida qué le preguntó adónde iba con las prisas: «¡No te jode! ¡A contarlo!».