En el asunto que nos ocupa hay dos cuestiones. La primera, unas imputaciones cuyo alcance está aún por descubrir hasta que pueda desencriptarse la prosa del auto de Garzón. Sería la cumbre de la literatura judicial si el propio autor no hubiera escrito el auto de la memoria histórica el pasado mes de octubre. En aquella ocasión fundamentó un delito de genocidio en la entrevista a Franco de un corresponsal de guerra fantástico, stricto sensu, Jay Allen, del Chicago Tribune. Ni siquiera se molestó en acudir a la fuente original, la hemeroteca del periódico. Con muchos menos medios que la Justicia española, pero con muchísimo más rigor que el juez, el periodista Arcadi Espada abrevó en la fuente original y el resultado no era el mismo.
Aquello, junto al requerimiento de pruebas sobre la muerte del imputable, parecía insuperable y en cierta medida lo era como espectáculo. Pero el auto del jueves es un alarde de perfección minimalista. Háganse el favor de leerlo y comprobarán que tiene menos sustancia que un discurso de Pajín.
Aquí no hay fuentes, ni siquiera traducidas; no hay acusaciones concretas a personas determinadas; no figuran cantidades, ni sobrecogedores, ni fechas; hay imputados que carecen de apellidos en la lista del juez, aunque uno de ellos tiene hipocorístico, 'Pepechu'. A medida que escribo me doy cuenta de que no es una gigantesca chapuza, como pensaba. Es una obra maestra de la literatura judicial, inatacable en su minimalismo porque no ofrece un solo resquicio al requisito popperiano de la falsación.
Anatole France llegó a intuir una pieza semejante a comienzos del siglo XX. En su sátira sobre la historia de la humanidad que es 'La isla de los pingüinos', cuenta France el caso Dreyfus. El militar francés en la ficción se llama Pyrot.
"Casi nadie puso en duda que Pyrot hubiese robado las 80.000 pacas de forrraje. No se dudó, por ser en absoluto ignorado este negocio, y la duda necesita motivos, pues no es posible dudar sin motivos como lo es creer sin ellos. No se dudó, porque deseaban que Pyrot fuese culpable y se cree fácilmente los que se desea. No se dudó, porque la facultad de dudar no es común, sus gérmenes no se desarrollan sin cultura.
(...) [Los pingüinos] tenían fe en la culpabilidad de Pyrot y esta fe se convirtió pronto en uno de los principales artículos de sus creencias nacionales y en una de las verdades esenciales de su símbolo patriótico.
Pyrot fue juzgado secretamente y fue condenado.
El general Panther informó de la terminación del proceso al ministro de la Guerra.
-Por fortuna-dijo-, la certidumbre de los jueces suplió la falta de pruebas.
-¡Pruebas!- murmuró Greatauk-. ¡Pruebas!¿Qué prueban las pruebas? No hay más que una prueba segura, irrefutable: la confesión del procesado. ¿Pyrot confesó?
-No, mi general.
-Confesará: debe hacerlo, Panther: es preciso decidirle a que lo haga. Decidle que le conviene. Prometedle que, si confiesa, obtendrá favores, disminución de la pena, indulto. Prometedle que si confiesa se le declarará inocente y hasta que le condecoraremos. Despertad sus honrados sentimientos. Que confiese por patriotismo, por la bandera, por el orden, por el respeto a la jerarquía, por mandato especial del ministro de la Guerra, ¡militarmente!... Decidme, Panther: ¿Es posible que no haya confesado aún? Porque hay confesiones tácitas: el silencio es una confesión.
-Mi general, Pyrot no se calla. Grita como un energúmeno y vocifera que es inocente.
-Panther, las confesiones de un culpable resultan a veces de la vehemencia de sus negativas. Negar desesperadamente es confesar. Pyrot ha confesado. Sólo faltan los testigos de sus confesiones. La Justicia lo exige.
Hasta aquí el modelo literario. Ayer, en un amable almuerzo con dos amigos que son de lo que antes se llamaba 'la situación', argumentaban al mismo tiempo que la dimisión preventiva del consejero de la Comunidad de Madrid era una prueba de la culpabilidad del PP y que la reacción de todos los dirigentes populares posando en la misma foto era impresentable.
No se trata de restar importancia a la corrupción que pudiera implicar a personas relacionadas con el partido de la oposición. Tal como decía el editorial de El Mundo ayer, hay que llegar hasta el fondo. Garzón debe ser apartado de la causa, "pero no para taparla, sino para destaparla, para que un juez imparcial llegue hasta el final sin que nadie pueda escudarse en el manifiesto deseo del instructor, no de investigar al PP, sino de destruirlo."
Carrascal escribía ayer un vigoroso primer párrafo en su columna de ABC sobre la doble naturaleza de los indicios que asoman en este caso:
“Hay indicios de corrupción en el PP, y de prevaricación en el PSOE. A vileza, allá se andarán ambos delitos, pero democráticamente, es mucho más grave el segundo, al afectar a los órganos del Estado, que deja de ser de Derecho, para convertirse en arbitrario. En realidad, la prevaricación no es otra cosa que la corrupción estatal."














